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Los Jóvenes Cervatillos




Satisface mi orgullo de andaluz contemplar cómo estos jóvenes, de edades inferiores a veinticinco años, han competido deportivamente, leal y honestamente, de modo transparente y a plena luz y con publicidad, para demostrar su ingenio, imaginación, dominio del fogón, del arte de cocinar y de crear ilusiones reposteras. Venidos de toda Andalucía a Córdoba, desde villas y ciudades, escuelas y empresas, pagándose el transporte y la estancia, han querido conquistar la cristalina limpieza y la armonía que nace de nuestro Cervatillo. Han competido con deportividad, han aupado a los triunfadores, se han alegrado con y del triunfo de su compañero y competidor y han prometido volver a ganar un lugar en el podium.

Se ha ensanchado mi alma de profesor al ver llorar, sorprendido y sorprendentemente, al ganador del Cervatillo de oro, quien grande en su hazaña hizo mayestática su pequeña figura. Me he reafirmado en la severidad y rigurosidad del jurado al oír exclamar al ganador del Cervatillo de plata, buscador del resplandor del oro, cuán exigentes éramos en Córdoba para otorgar el merecido galardón y prometiéndonos lograr el oro el año próximo. ¡Bendita y sana juventud!

Después de tres años perteneciendo al jurado de cocina y repostería, me siento satisfecho de la rigurosidad y profesionalidad con que los miembros de la asociación actúan en el marco del correspondiente reglamento a la hora de organizar los concursos de preparación de coctail, cocina típica de Córdoba y platos de repostería. He aprendido estos tres años últimos mucho de don Antonio, jefe de cocina del Hotel Alfaros; del Sr. Afán, jefe de cocina de la taberna Pepe de la Judería; del Sr. Oriol, maestro repostero catalán, que a sus treinta años es ejemplo de un triunfador, sin operación triunfo; de don Alex Mújica, cocinero empresario navarrico, quien con menos de cuarenta años es ejemplo de conocimiento de la verdadera ingeniería alimenticia. Este año recordaré además a Pepe Oneto viva realidad de amor, capaz de dar su vida por su hermana y a Koldo Royo, dos nuevos componentes que han dado prestigio a nuestro grupo. Me enorgullece que un pontanés, que emigró de su tierra allende nuestras fronteras regionales y regresó a Córdoba, haya recogido el testigo de Pepe, el de la Judería y lanzara al viento este proyecto del Cervatillo, que se va consolidando. Me alegra que Javier Campos, el de las Bodegas de su nombre, se haya incorporado con gran esfuerzo a este educativo proyecto, formador de profesionales, apoyando los nuevos modos de hacer de estos jóvenes concursantes. No me enorgullece la ausencia de jóvenes empresarios de la hostelería cordobesa a quienes demando que se adhieran a este proyecto, que en un día no lejano debe alcanzar prestigio nacional.

Los cordobeses no somos perseverantes en general, pero sí lo ha sido la Asociación que diseñó este certamen y de modo especial Miguel Cabezas, su mentor. Son perseverantes los jurados de coctelería, cocina y repostería, año tras año acumulando experiencia y rigurosidad. Ha sido acogedor el Ayuntamiento de Córdoba, que ha pasado de una primera postura expectante a una posición estimulante cediendo este año Caballerizas Reales. Y también la organización que busca que Córdoba sea un excelente producto turístico. Ha ayudado en su cierre, llenando espacios de espera, Córdoba Ecuestre y sus componentes así como el Patronato de Turismo y la Junta de Andalucía.

Me irrita que muchos cordobeses no conocieran la majestuosidad de las Caballerizas Reales, Santuario y templo del caballo español, y se hayan maravillado de la solemnidad de estas cuadras al calor de los fogones promovidos por el Cervatillo. Me alegra que nuestros políticos empiecen a entender los atributos del producto turístico cordobés ?caballo-deporte-turismo-gastronomía?, cuyo esbozo y germen han podido comprobar este pasado fin de semana.

La cooperación es necesaria y nunca mejor empleada, que cuando lo hacemos para que nuestros jóvenes muestren, compitiendo, sus talentos creativos llenos de sensaciones, sabores sorprendentes, texturas y aromas embelazantes, manejando sus intenciones para hacernos felices en un trago, enamorarnos en un yantar y cerrar el placer con un finalizador y exquisito postre.


(*) José Javier Rodríguez Alcaide es Catedrático de la Universidad de Córdoba


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