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La Gastronomía Como Punto de Encuentro de las Buenas Personas



Quienes llevamos años dedicados al periodismo gastronómico sabemos que la gastronomía es mucho más que una mesa bien servida, un buen vino o un plato memorable. La gastronomía es cultura, tradición, identidad y, sobre todo, una extraordinaria herramienta para unir a las personas.

A lo largo de mi trayectoria he tenido la fortuna de conocer a grandes profesionales de la hostelería, cocineros, bodegueros, productores y amantes de la buena mesa. Sin embargo, de vez en cuando la vida nos regala algo todavía más valioso: la oportunidad de descubrir personas de una calidad humana excepcional. Precisamente eso fue lo que me ocurrió durante el primer fin de semana de este mes de junio.

Mi querido amigo Florencio San Agapito, cariñosamente conocido por todos como Floro, me comunicó que viajaría a Cádiz acompañado por tres matrimonios amigos para disfrutar de unos días de convivencia, cultura y gastronomía. Me pidió que les ayudara modestamente a organizar algunas actividades para que pudieran conocer mejor esta tierra que tanto quiero. Para mí fue un auténtico honor y un verdadero placer colaborar en todo aquello que estuviera en mi mano.

Debo añadir que mi amistad con Floro no nació por casualidad. Tuve la fortuna de conocerlo a través de la Academia de Gastronomía de Marbella, una institución que me ha permitido compartir experiencias inolvidables y conocer a personas extraordinarias. Gracias a la gastronomía y a los vínculos creados en ese entorno, nació una amistad sincera que con el paso del tiempo se ha fortalecido y consolidado. Hoy me siento profundamente orgulloso de poder llamarlo amigo.

El grupo estaba formado por Floro y su esposa Rosa, Luis Santamaría y su esposa María José, Manuel Burgos y su esposa Patricia, y José Godino junto a su esposa María José. Ocho personas excepcionales que dejaron una profunda huella en mi corazón.

Entre las actividades programadas, tuve la satisfacción de acompañarlos a una magnífica velada flamenca en la Peña Flamenca La Perla de Cádiz. Gracias a la colaboración y hospitalidad de sus responsables, disfrutamos de una noche entrañable donde el arte, el compás y el sentimiento flamenco fueron protagonistas. Mis amigos quedaron encantados con la experiencia y yo tuve la satisfacción de ver cómo disfrutaban de una de las manifestaciones culturales más genuinas de nuestra tierra.

Aquella noche compartimos emociones, conversaciones y momentos que difícilmente se olvidan. Pero el fin de semana continuó ofreciéndonos nuevas experiencias.

Al día siguiente, el grupo se desplazó hasta Sanlúcar de Barrameda para conocer las históricas Bodegas Barbadillo, una de las grandes referencias del panorama vitivinícola andaluz. Posteriormente disfrutamos de una magnífica comida en el restaurante Mirador de Doñana, en Bajo de Guía, un lugar privilegiado donde la gastronomía, el paisaje y la amistad se dieron la mano para regalarnos una jornada inolvidable.

Ellos insistieron amablemente para que los acompañara tanto en la velada flamenca como en el almuerzo de Sanlúcar. Acepté encantado porque compartir tiempo con personas tan agradables constituye siempre un privilegio.

A aquella comida se incorporó, además, ya avanzada la jornada, el admirado torero Juan José Padilla, que acudió con su esposa Lidia, quien una vez más demostró la cercanía, sencillez y cordialidad que siempre le han caracterizado. Su presencia contribuyó a enriquecer aún más un encuentro ya de por sí entrañable.

Como muestra de su enorme hospitalidad, Juan José Padilla y Lidia tuvieron el generoso detalle de invitar a todo el grupo a compartir una merienda en su finca de Jerez de la Frontera. Una invitación que también me hicieron extensiva con el mismo afecto y cordialidad. Me habría encantado acompañarlos y disfrutar de unas horas más de convivencia junto a tan magníficas personas, pero lamentablemente tuve que excusarme porque debía continuar viaje hacia la provincia de Jaén para atender un compromiso previamente adquirido. Aun así, agradecí profundamente aquel gesto que refleja perfectamente la calidad humana y la generosidad que siempre han distinguido tanto al torero como a su esposa.

Posteriormente tuve que continuar viaje hacia la provincia de Jaén para asistir a otro importante compromiso relacionado con el mundo rural, concretamente a una jornada celebrada en Los Rosales, una pedanía de la localidad jienense de Frailes, en plena Sierra Sur. Sin embargo, mientras conducía hacia aquel destino, no podía evitar recordar con satisfacción las horas compartidas junto a aquellos amigos.

Porque si algo quedó claro durante aquel fin de semana es que la verdadera grandeza no reside únicamente en los lugares visitados ni en los excelentes productos degustados. La verdadera grandeza reside en las personas.

Durante aquellos días tuve la oportunidad de descubrir la enorme talla humana de todos ellos. Personas educadas, respetuosas, generosas, agradecidas y cercanas. Personas que entienden la amistad como un valor auténtico y que practican la bondad con absoluta naturalidad. Personas que hacen sentirse cómodo y querido a quien tiene la suerte de compartir tiempo con ellas.

Muchas veces hablamos de valores como el respeto, la gratitud, la confianza o la lealtad. Ellos los representan de manera ejemplar. No necesitan proclamarlos porque forman parte de su forma de ser. Cada gesto, cada palabra y cada detalle fueron una demostración permanente de la nobleza que atesoran.

Por eso, cuando ellos me agradecen la ayuda prestada, siento la necesidad de responder que soy yo quien debe darles las gracias. Gracias por su amistad. Gracias por su cariño. Gracias por la confianza depositada en mí. Gracias por permitirme compartir momentos tan especiales que permanecerán para siempre en mi memoria.

La gastronomía fue, una vez más, la excusa perfecta. Una maravillosa excusa para reunir a personas buenas alrededor de una mesa, para compartir experiencias, para estrechar lazos y para descubrir que detrás de cada encuentro gastronómico puede surgir algo mucho más importante: una amistad sincera y duradera.

Gracias a la gastronomía he tenido la fortuna de conocer a innumerables personas a lo largo de los años, pero también gracias a ella he podido encontrar verdaderos amigos. Amigos como Floro y Rosa, y amigos como Luis y María José, Manuel y Patricia, José y María José. Grandes gastrónomos, excelentes compañeros de viaje y, sobre todo, magníficos seres humanos.

Hoy me siento profundamente afortunado por haber compartido aquel inolvidable fin de semana con ellos. Y me siento especialmente agradecido a mi querido amigo Floro, cuya confianza hizo posible este encuentro que guardaré para siempre entre mis mejores recuerdos.

Si algo he aprendido durante todos estos años ejerciendo el periodismo gastronómico es que los mejores sabores no siempre se encuentran en los platos. A veces se encuentran en una conversación sincera, en una sonrisa amable, en un gesto de afecto o en el abrazo de un amigo.

Por eso me siento tan orgulloso de dedicarme a esta apasionante actividad. Porque la gastronomía no solo alimenta el cuerpo; también alimenta el alma. Y porque gracias a ella sigo teniendo el privilegio de conocer a personas extraordinarias que enriquecen mi vida con su amistad, su confianza y su ejemplo.

A todos ellos, mi más profundo agradecimiento. Y mi amistad, hoy más fuerte y sincera que nunca.


Pepe Oneto
¡Que haya alivio!




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