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Jauja ( I I )


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Tatiana Suarez Losada
La cocina me apasiona desde pequeña y desde entonces no he dejado de aprender


Miércoles
José estaba triste aquel día, no lograba encontrar sentido a nada de lo que hacía y dejaba pasar las horas sin entusiasmo, esperando la llegada de la noche. Después de una mañana de trabajo rutinaria y tediosa que se le hizo eterna, y como tenía la tarde libre, decidió irse al río y dedicarse a su afición favorita: la pesca, a ver si así conseguía alegrarse un poco Preparó sus cañas, su cesta y todo lo necesario y salió de casa sin demasiadas esperanzas, resignado de antemano a una pesca infructuosa.

Al llegar al río, se instaló en su lugar predilecto, bajo un frondoso árbol cuyas ramas bajaban hasta el agua y la besaban dulcemente. Una brisa fresca le acarició la frente y los pájaros le dieron la bienvenida desde sus nidos. Pero él no la sintió ni oyó los trinos, inmerso como estaba en su tristeza. Puso el cebo en su caña y la lanzó con desgana, sin ilusión, simplemente por hacer algo diferente que, al menos, le gustaba más que el resto de sus actividades cotidianas.

Con la caña en la mano, dejó vagar su mirada por su entorno, sin ver nada en concreto, sólo sentía un profundo vacío y mucha, mucha tristeza, cuya causa desconocía.

En el fondo del río, un grupo de truchas juguetonas y vivaces observaba a través de las cristalinas aguas a nuestro personaje y le compadecían por sentirse tan triste en un lugar tan bonito y agradable. De repente, una de ellas tuvo una idea y la expuso a sus amigas:

- ¿Por qué no le alegramos el día y nos dejamos pescar?
- Conmigo no contéis, respondió una de ellas, que no estaba dispuesta a morir joven y en una tarde tan bella.

Entre todas le convencieron, se pusieron de acuerdo y decidieron ofrecer su vida a su amigo el pescador para que él pudiera recuperar la alegría.

En lugar de morder el anzuelo de la caña de José, fueron saltando una por una hasta la cesta que éste tenía a su lado y allí dejaron apagar poco a poco su vida en su intento por volver a encender la de su amigo. A la sorpresa inicial de José le siguió la alegría y más tarde el entusiasmo, al ver que su cesta se llenaba de truchas como por arte de magia. Cuando saltó la última de ellas, en su rostro se dibujó una amplia sonrisa y de su pecho salió un profundo suspiro de felicidad, mientras contemplaba a sus amigas y les agradecía por su acto de heroísmo y de amistad.

Regresó a su casa feliz como un niño, llamando a gritos a su mujer y a sus hijos, y enseguida se puso a preparar las truchas de la mejor manera que sabía.

Aquella noche, toda la familia rió feliz en torno a una mesa familiar y ante un plato delicioso, lleno de amor y de amistad.


Truchas en papillote
Para 4 personas
4 truchas, limpias y evisceradas
2-3 dientes de ajo
aceite de oliva
sal
pimienta negra recién molida
Papel de aluminio, para el papillote
Ensalada de lechuga, para acompañar

1) Calentar un poco de aceite en una sartén pequeña, añadir los ajos cortados en láminas finas y freír a fuego medio hasta que estén dorados. Reservar sobre papel absorbente.

2) Precalentar el horno a 190º C.

3) Poner sal a las truchas e introducir los ajos dorados en su interior.

Espolvorearlas con un poco de pimienta negra recién molida.

4) Poner una hoja de papel de aluminio en una fuente de horno, dejando que sobresalga ampliamente, para poder cerrar el papillote. Poner un hilo de aceite sobre el papel y seguidamente colocar las truchas una junto a otra. Regar con otro poco de aceite y cerrar, formando un paquete rectangular.

5) Meter al horno durante 15-20 minutos.

6) Servir en el mismo paquete, abriéndolo en la mesa, con cuidado de no quemarse con el vapor que desprende.

7) Acompañar de ensalada de lechuga.

NOTA: Si se desea, se pueden preparar papillotes individuales, envolviendo las truchas por separado.


Jueves
El día amaneció raro, nublado y desapacible, con ráfagas de viento súbitas e intensas y aguaceros intermitentes que generaban malestar y desconcierto entre los habitantes de Jauja. Éstos, a pesar de tales circunstancias, procuraban seguir haciendo vida normal, incluso mantener vivo su estado de ánimo sin caer en el desaliento y esbozar alguna que otra sonrisa, poniendo buena cara al mal tiempo. ?¿Qué adelantamos con ponernos de mal humor ante la lluvia y el viento? Nada, solamente conseguimos malgastar energías que más tarde nos harán falta?

Sumidos en estas reflexiones se encontraban nuestros amigos cuando se desencadenó un aguacero mucho más intenso y prolongado que los anteriores, que anegó los campos e hizo desbordar los ríos. Todos corrieron a refugiarse en sus casas, desde cuyas ventanas contemplaron asustados el poder y la bravura de la naturaleza.

Una vez que ésta hubo descargado su furia, hizo su aparición un sol esplendoroso que iluminó cada rincón proporcionando un intenso brillo al paisaje. Hasta algunas casas llegaba el murmullo incesante del río y muchos de los habitantes se acercaron para contemplar la crecida. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que lo que discurría por el río no era agua, sino vino, un vino tinto de un bello color rubí encendido. Éste, en su evasión del río, había ido a parar al recinto donde reposaban los cerdos, algunos de los cuales se hallaban dormidos. Ello había permitido que el vino los bañara y macerara sus carnes, haciéndolas aún más preciadas y jugosas.

Como era tiempo de matanza, los habitantes se llenaron de júbilo y enseguida empezaron a imaginar los platos que más tarde podrían elaborar con las piezas de carne que el río tan generosamente se había encargado de marinar y aromatizar. Y entre ellos surgió un plato que, una vez oficiado por las cocineras más habilidosas, hizo las delicias de todos.


Carrilleras de cerdo al vino tinto
1 y 1/2 K de carrilleras de cerdo
harina
aceite de oliva
sal y pimienta

Para la marinada y la salsa:
1 botella de vino tinto
unas bayas de enebro
una ramita de tomillo o de salvia
2 cebollas
2 zanahorias
1 pimiento verde
1 tomate mediano
2 dientes de ajo
caldo de carne o de ave
sal y pimienta negra recién molida

1) En un cuenco amplio, poner las carrilleras a marinar en el vino con el enebro y la hierba elegida. Cubrir con film transparente y dejar reposar en el frigorífico durante varias horas.

2) Al cabo de este tiempo, escurrir las carrilleras de la marinada y secarlas sobre papel absorbente. Salpimentarlas, pasarlas ligeramente por harina y freírlas a fuego fuerte para sellarlas y que no se salgan los jugos. Reservar.

3) En el mismo aceite, rehogar la verdura hasta que se ablande. Añadir el vino de la marinada, después de retirar las bayas de enebro y la hierba, y cocer durante un buen rato para que se evapore. Agregar el caldo y el sazonamiento, incorporar las carrilleras y cocer hasta que la carne esté hecha. Probar, y si queda algo ácida, añadir un poco de azúcar.

4) Retirar las carrilleras, triturar la salsa y pasarla por el chino. Poner de nuevo las carrilleras en la salsa y mantener caliente.

5) Servir acompañado de purés de patata aromatizados con mostaza a la antigua (de grano entero) y con aceite de ajos.



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