
Tú pide...que algo queda
Algunas veces nos llega a nuestra revista la "queja" (enviada a los cielos, porque parecía no tener solución) de que, por muy útiles que sean los recetarios que encuentran en Internet, al final, se tiene que recurrir a la labor de la impresora para podernos llevar los ingredientes y preparación hasta su lugar natural de ser concebidos: la cocina.
Es cierto, no suele ser la cocina el lugar habitual para tener el ordenador. Pero nosotros solíamos responder que todo era cuestión de paciencia, que todo llegaría, a lo que se nos respondía con sonra "Ah! tendremos una nevera conectada a Internet?".
Y, en efecto, así ha sido (sin que Walt Disney Factory haya tenido nada que ver).

La cocina de antaño como centro de comunicación
Cerremos los ojos y abramos los recuerdos, porque este equipaje será suficiente para poder viajar desde la cocina de nuestras abuelas (que nadie encienda mechas de machismo: pocos hombres en esa época ejercían de cocineros en los hogares) hasta la que nos aguarda agazapada para este nuevo milenio.
Si acariciamos esos recuerdos, la sensación general será la de pensar en la cocina como centro de reuniones y actividades: la primera estancia de la casa en la que gustábamos de poner el pie, fuera la hora que fuera, a sabiendas de que, al lado del fuego, habría alguien para recibirnos. Recién llegados de la calle, aportábamos las noticias que fuera iban sucediendo al tiempo que los que habían permanecido en casa, nos informaban de cómo había transcurrido el día y de los recados pendientes: comprar azúcar, marinar la carne...convirtiéndonos así en agendas ambulantes sobre las que la abuela había tatuado su lista de la compra y quehaceres: al fin, nombrar las cosas es un modo de no perder su memoria. Cocinas que albergaban entre sus calores las amplias mesas sobre cuya madera tantas vainas se desgranaron y que tantas veces sustituían al frío comedor.
Después, a mediados de este siglo, nos volvimos todos muy finos y pensamos que ya era hora de relegar la cocina a un segundo plano: mordisco que te crío por parte del comedor a la perita en dulce de la sala, que la cocina es cosa de marujas (no se decía, pero se pensaba). Las cocinas (no sólo ellas, los metros son oro y a ti -a la cocina- te encontré en la calle, pero fueron las primeras que sintieron en sus propios fuegos los entresijos de la modernidad)redujeron tamaños y aumentaron distancias con la sala de estar. Ir a la cocina era aislarse del bullicio familiar y, por ende, de la vida, así es que la radio, el teléfono y la televisión, entraron a suplir las humanas distancias.
Parecía que la starlette salacomedor iba a tener un largo reinado...pero nada es para siempre...el comedor no era tan perfecto, no era práctico para desayunos rápidos y comidas en las que ningún miembro de la familia tenía el mismo horario. Poco a poco, empezaron a recuperarse rincones de la cocina en los que toda la familia pudiera tener su hueco: primero la barra americana, después alguna mesa plegable (en esa época, todo se plegaba, desde las mesas hasta las camas, pasando por las tablas de planchar)y, por fin, las rinconeras y los bancos corridos que envolvían de nuevo la mesa todouso.
En la cocina volvíamos a caber todos, y los papás varios empezaron a descubrir el placer de guisar para los amigos o la familia (el fin de semana, pero es que la vida es muy dura) mientras conversaban con ellos. Además, la mamá trabaja tanto como cualquiera y, sobre todo, entiende tanto como cualquiera de ordenadores y conexiones a Internet. Tiene muy claro que a través de La Red, tiene información, herramientas de trabajo, noticias, entretenimiento...y ahorro de tiempo.
De modo que hemos vuelto a los inicios (la cocina como centro de comunicación y relación social, mucho más abierta al resto de la casa), sólo que, por supuesto, adaptándonos a los tiempos. Y los tiempos hablan de relaciones no ya con los vecinos más cercanos, sino de relaciones con el resto del mundo. "Para eso estamos!", como diría Internet.
...y vuelta a una novedosa tradición
Y aquí los tenemos! Neveras y hornos con pantallas de Internet en sus puertas. Pero no pensemos que su cometido se reduce a poder navegar. Las intenciones se amplían hacia la posibilidad de elaborar la compra desde casa pasando el código de barras de cualquier alimento (no, el perejil todavía no tiene código incorporado, pero una simple pegatina en sus rabitos hace las funciones) por delante de la pantalla, o el control de aquellas funciones domésticas que estén programadas a través de un ordenador central (temperatura de la calefacción, riego de las plantas, puesta en marcha de otros electrodomésticos...), o sencillamente, redactar una queja (incluso una alabanza!) al Ayuntamiento por algún problema surgido en el barrio.
Familia, barrio, país, continentes, a partir de ahora todos tendrán su espacio en nuestras cocinas.
Feliz vuelta al hogar, Internet!

