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Cocina Humillada, Esclava Del Show



La cocina no es un show. La televisión actual ha descubierto en la gastronomía un filón tan rentable como superficial. Programas presentados como “homenajes” a la cocina española se venden al público como vehículos culturales cuando, en realidad, su principal función es alimentar audiencias, patrocinios y el bolsillo de los programadores. La excusa es noble; el resultado, profundamente engañoso. No fomentan la gastronomía: se sirven de ella.

Lo que se muestra en pantalla es un espectáculo de tensión calculada, frases lapidarias y dramatizaciones impostadas. La cocina es el decorado, no el propósito. Se confunde el fogón con el plató, el oficio con la pose, la disciplina con el entretenimiento. Y todos pagamos las consecuencias: el público, porque cree conocer una profesión que ignora; los jóvenes, porque creen que el futuro del cocinero es fama instantánea; y la propia gastronomía, convertida en un producto televisivo más.

He dedicado más de cincuenta y cinco años a este digno oficio; ejerciéndolo y enseñándolo. He vivido cocinas duras, silenciosas, llenas de esfuerzo real, creatividad sincera y respeto absoluto a la materia prima. Por eso puedo afirmar con conocimiento de causa que estos realities están deformando la percepción social de la cocina española. La están banalizando, reduciendo la profesión a una caricatura de gritos, cronómetros y humillaciones gratuitas.

Una escena reveladora la viví al escuchar a un presentador calificar un plato comparándolo con “comida de cuartel o de hospital”. Más allá del mal gusto del comentario, revela una ignorancia profunda sobre la restauración colectiva. En hospitales, colegios, cuarteles o comedores sociales hay mujeres y hombres que cocinan a diario para cientos o miles de personas, respetando normas estrictas, garantizando nutrición, seguridad alimentaria y haciendo maravillas con recursos mínimos. Eso también es gastronomía. Y merece respeto.

Conviene recordar algo esencial: la gastronomía no es solo cultura, sino parte de nuestras raíces más profundas. En cada plato hay geografía, historia, agricultura, pesca, memoria y territorio. Un cocinero, cuando trabaja de verdad, no solo elabora recetas: defiende una cultura, defiende productos y, sobre todo, defiende a quienes los producen. La gastronomía es el resultado de la labor de agricultores, ganaderos, pescadores, queseros, recolectores y productores agroalimentarios que sostienen este país desde mucho antes de que existieran los concursos televisivos. Sin ellos no hay cocina; sin sus manos y su conocimiento no habría excelencia posible.

Por eso duele que el foco mediático esté en el grito del jurado y no en el tomate madurado al sol; en el “show” y no en el pescador que se levanta de madrugada; en la lágrima del concursante y no en la mujer que ordeña, cuida, cultiva y transforma. Los productos tienen dignidad y los productores merecen reconocimiento, porque ellos son la base real, material y humana de la gastronomía.

Hay, además, un sector silencioso que sí merece homenajes: el profesorado de cocina. Hombres y mujeres que enseñan técnica, ética, tradición y modernidad en las aulas. Ellos son los verdaderos guardianes del oficio. Ellos mantienen viva la transmisión del conocimiento y la disciplina del respeto. Eso sí es fomentar la gastronomía.

La cocina no es espectáculo: es trabajo, cultura, vocación y servicio. Es una forma de defender al territorio, a sus productos y a quienes los hacen posibles. La gastronomía española vive un momento histórico dentro y fuera de nuestras fronteras; precisamente por eso debemos cuidarla. No con reality shows, sino con dignidad, conocimiento y amor por el oficio.

 


Pepe Oneto
¡Que haya alivio!




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