Una jornada gastronómica cervantina en la Venta de Vargas reunió literatura, cocina y amistad en torno a la figura de Miguel de Cervantes. Entre los invitados estuvo Juan Tamariz, profundamente vinculado a San Fernando, cuya memoria y deuda de reconocimiento por parte de la ciudad recuperamos hoy.
Hay días que terminan convirtiéndose en recuerdos. Y hay recuerdos que, con el paso de los años, adquieren un significado especial.
El 23 de abril de 2016 fue uno de esos días.
La excusa era literaria: conmemorar el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. Pero la celebración que organizó la Cofradía Gastronómica Isleña Los Esteros tuvo, sobre todo, un marcado sabor gastronómico. Y qué mejor escenario para hacerlo que la histórica Venta de Vargas, uno de esos lugares de San Fernando donde la gastronomía, la cultura y la memoria se sientan a la misma mesa.
Aquella jornada fue concebida como un homenaje a Cervantes y a su inmortal Don Quijote de la Mancha, pero también como una reivindicación de la cocina que aparece, de una u otra manera, en la obra cervantina.
Porque Cervantes también se come.
Y se bebe.
Y se disfruta alrededor de una mesa.
Y eso fue precisamente lo que hicimos aquella jornada.
Tuve el honor de dirigir y presentar el acto, mientras que **Paco Melero** fue el encargado de ofrecernos una charla sobre Cervantes que resultó brillante, amena, enriquecedora y, sobre todo, muy didáctica, como nos tiene acostumbrados.
Después de la palabra llegó el plato.
Y fue entonces cuando la literatura se convirtió en gastronomía.
La Asociación Isleña de Hostelería y Turismo (ASIHTUR) tuvo la gentileza de ofrecer una serie de degustaciones inspiradas en las referencias culinarias que aparecen en la obra cervantina, y muy especialmente en El Quijote.
Entre ellas no podía faltar uno de los platos más famosos asociados a la novela: los duelos y quebrantos, mencionados ya en el arranque de la obra. Una elaboración humilde, vinculada tradicionalmente al mundo rural y a los productos del cerdo, que forma parte de ese universo gastronómico que Cervantes dejó retratado entre aventuras, caminos, ventas y personajes.
Porque si algo tiene El Quijote es que, además de caballeros andantes, molinos, ventas y gigantes imaginarios, está lleno de comida.
De la comida cotidiana.
De la comida popular.
De esa cocina que habla de la sociedad de su tiempo y que hoy nos permite acercarnos también a la España de Cervantes desde otra perspectiva.
La gastronomía fue, por tanto, una magnífica manera de recordar al escritor.
Y la Venta de Vargas se convirtió durante unas horas en una particular venta cervantina del siglo XXI.
El ambiente fue extraordinario. La casa estaba completamente llena. Entre los numerosos invitados se encontraban representantes institucionales, amigos, miembros de la Cofradía, profesionales de la hostelería y numerosas personas vinculadas a la vida social y cultural de San Fernando.
Entre ellos había alguien muy especial.
Un hombre que, curiosamente, también había convertido San Fernando en una de sus particulares ventas, en su casa y en su refugio.
Era Juan Tamariz.
Un mago entre fogones, amigos y recuerdos
Juan Tamariz había acudido como invitado a aquella jornada y recuerdo perfectamente lo bien que se encontraba entre nosotros.
Estaba cómodo.
Estaba feliz.
Estaba en casa.
Y quizá esa sea la mejor manera de explicar su relación con San Fernando.
Porque Juan podía ser una de las grandes figuras de la magia mundial, un artista capaz de llenar teatros y escenarios en España y en medio mundo, pero cuando estaba en La Isla era, sencillamente, Juan.
Nuestro Juan.
El amigo.
El vecino.
El hombre cercano, sencillo, humilde, divertido y extraordinariamente entrañable.
Y aquel día pudimos disfrutar de esa faceta suya.
La gastronomía, como suele ocurrir, hizo su trabajo: consiguió que las personas se sentaran juntas, conversaran, compartieran recuerdos y se conocieran mejor.
Y Juan Tamariz encajaba perfectamente en ese ambiente.
Porque, al margen de las cartas y de la magia, era una persona a la que le gustaba conversar, aprender, escuchar y disfrutar de la compañía.
La magia estaba en sus manos.
Pero la cercanía estaba en su carácter.
San Fernando, la ciudad que Juan eligió
Quizá hoy, después de su fallecimiento, sea más necesario que nunca recordar algo que durante años quienes vivíamos aquí sabíamos perfectamente: Juan Tamariz tenía una profunda vinculación con San Fernando.
Aunque nacido en Madrid, hizo de La Isla uno de sus lugares de residencia durante décadas. Aquí tenía su casa, aquí pasaba largas temporadas y aquí encontraba ese espacio de tranquilidad que necesitaba entre sus viajes, sus actuaciones y su intensa actividad profesional.
San Fernando era su cuartel general.
Desde aquí partía para sus compromisos profesionales por España y por otros países, y aquí regresaba.
Incluso convirtió su casa isleña en un punto de encuentro para magos procedentes de distintos lugares del mundo.
Y él mismo se encargaba de decirlo con orgullo y naturalidad:
“Vivo en San Fernando”.
No necesitaba grandes declaraciones.
No necesitaba proclamarse isleño.
Simplemente vivía aquí.
Y eso, a mi juicio, tiene muchísimo valor.
Una deuda pendiente con Juan
Por eso resulta inevitable cierta tristeza cuando pienso que San Fernando nunca tuvo con Juan Tamariz ese pequeño gesto de reconocimiento que, en mi opinión, merecía.
No hablo necesariamente de grandes distinciones.
Ni de homenajes multitudinarios.
Ni siquiera de convertirlo en Hijo Adoptivo, aunque argumentos para ello no faltarían.
Hablo de algo mucho más sencillo.
Una placa.
Un acto.
Un reconocimiento.
Un pequeño gesto institucional que dijera que en esta ciudad vivió durante décadas uno de los grandes magos de la historia.
Que aquí tuvo su casa.
Que aquí encontró su refugio.
Que aquí recibió a amigos y colegas de profesión llegados desde medio mundo.
Que aquí fue feliz.
Y que aquí dejó también una parte de su historia.
Durante años hubo tiempo para hacerlo.
Pero no se hizo.
Y ahora, cuando Juan ya no está, son muchos los que recuerdan públicamente su relación con San Fernando.
Quizá ese reconocimiento habría tenido mucho más sentido si él hubiera podido estar presente.
Si hubiera podido escucharlo.
Si hubiera podido recibirlo con aquella sonrisa suya tan característica.
Y, quién sabe, probablemente habría terminado sacando una baraja del bolsillo para convertir el acto en otra de sus inolvidables pequeñas maravillas.
La Cofradía que sí se acordó
Quiero dejar claro, sin embargo, que hubo una entidad que sí tuvo ese detalle.
La Cofradía Gastronómica Isleña Los Esteros.
Y aquella jornada cervantina de 2016 fue una buena prueba de ello.
Invitar a Juan Tamariz no fue una cuestión de protocolo ni de buscar la presencia de una persona famosa.
Lo invitamos porque era Juan.
Porque era un hombre vinculado a San Fernando.
Porque era uno de los nuestros.
Y porque queríamos compartir con él una jornada que tenía mucho de literatura, pero también mucho de gastronomía, amistad y vida isleña.
Recuerdo que aquel día hablamos de la posibilidad de hacerle algún día un reconocimiento importante.
Quedó pendiente.
La vida, las obligaciones y el paso del tiempo hicieron que nunca encontráramos el momento.
Hoy, lamentablemente, aquel momento ya no puede ser como lo imaginábamos.
Pero sí podemos rescatar aquel recuerdo.
Y contarlo.
Cuando Cervantes se sentó a la mesa
Quizá por eso me gusta especialmente recordar aquella jornada desde la perspectiva gastronómica.
Porque El Quijote no es solamente una de las grandes obras de la literatura universal.
También es un extraordinario documento sobre la alimentación y las costumbres de la España de su tiempo.
Cervantes nos habla de panes, quesos, carnes, legumbres, vinos y guisos. Nos habla de la comida humilde y de la comida de las ventas. Nos muestra cómo comer forma parte de la vida cotidiana de sus personajes.
Y entre esas referencias gastronómicas aparece aquella expresión tan célebre de los duelos y quebrantos, que se ha convertido en uno de los platos más reconocibles de la gastronomía asociada al universo quijotesco.
Por eso tenía todo el sentido que la conmemoración del cuarto centenario de Cervantes se celebrara también alrededor de una mesa.
La gastronomía permitió que aquel homenaje no se quedara únicamente en la palabra.
Permitió saborearlo.
Compartirlo.
Conversarlo.
Disfrutarlo.
Y la Venta de Vargas fue el escenario perfecto.
Una Venta de Vargas volcada con Cervantes
Hay que agradecer especialmente a la familia Picardo, responsable de la Venta de Vargas, la extraordinaria acogida que nos brindó.
Nos cedieron sus instalaciones y se volcaron completamente con aquella jornada.
Las magníficas y entrañables relaciones que desde hace años mantienen con quien suscribe estas líneas, con la Cofradía y con tantas personas vinculadas a la vida gastronómica y social de San Fernando hicieron posible que todo resultara mucho más fácil.
La Venta de Vargas se portó de maravilla.
Y el resultado fue un éxito rotundo.
Una casa llena.
Una mesa llena.
Una jornada llena de cultura.
Y, sobre todo, llena de amistad.
El recuerdo que queda
Hoy, diez años después de aquella jornada cervantina, la recuerdo con una mezcla de nostalgia y agradecimiento.
Nostalgia porque algunas de las personas que estuvieron allí ya no están.
Y agradecimiento porque tuve la fortuna de compartir aquella mesa con amigos y con personas extraordinarias.
Entre ellas, Juan Tamariz.
Un Juan Tamariz que aquella tarde estuvo feliz.
Un Juan Tamariz que se sintió cómodo.
Un Juan Tamariz que disfrutó de la compañía.
Un Juan Tamariz que, como tantas otras veces, demostró que detrás del gran mago había una persona todavía más grande.
Una persona sencilla.
Humilde.
Trabajadora.
Generosa.
Amiga de sus amigos.
Y con una extraordinaria capacidad para hacer sentirse bien a quienes tenía cerca.
Eso es lo que quiero recordar de él.
No solamente al maestro de la magia.
No solamente al artista universal.
No solamente al hombre de la baraja y del escenario.
Quiero recordar al Juan que vivía en San Fernando.
Al Juan que decía con orgullo que vivía en La Isla.
Al Juan que aceptó nuestra invitación y compartió mesa con nosotros en aquella jornada gastronómica cervantina.
Al Juan que tenía pendiente recibir un reconocimiento de esta ciudad.
Y al Juan al que la Cofradía Gastronómica Isleña Los Esteros sí quiso, al menos, hacerle sentir que formaba parte de nuestra casa.
Quizá, al final, la gastronomía tenga precisamente esa magia.
La capacidad de reunir alrededor de una mesa a personas que, de otro modo, quizá nunca se sentarían juntas.
Cervantes nos dejó esa lección hace cuatro siglos.
Y Juan Tamariz nos dejó otra:
que la verdadera magia no está solamente en conseguir que desaparezca una carta.
Está en conseguir que un instante se quede para siempre en la memoria.
Y aquella jornada del 23 de abril de 2016, entre Cervantes, El Quijote, los duelos y quebrantos, la gastronomía isleña y la Venta de Vargas, Juan Tamariz dejó uno de esos recuerdos que, por mucho que pase el tiempo, no desaparecerán.
Gracias, Juan, por compartir aquella mesa con nosotros.
Gracias por elegir San Fernando para vivir.
Y gracias por tanta magia.

