Año Nuevo
Yo, qué queréis que os diga, podría estar muy maravilloso diciendo que estos días son como los del resto del año, que qué mas da que el calendario ése - que nadie sabe por qué motivo dejamos sobre nuestro escritorio, y mira que nos regalaron algunos realmente estéticos y prácticos, pero no, al final, se quedó el tremendo en el que no vemos jamás a la primera en qué dichoso mes estamos, que tiene un logo de alguna inquietante (por desconocida y jamás tratada) empresa y que, para más cosas, tiene la costumbre de caerse por los suelos sin ningún tipo de ayuda- que el calendario decía, esté en sus últimos suspiros, que a mí no me enternecen las historias familiares o que odio las navideñas pompas. Sí, lo he ensayado incluso en el espejo, pero no hay modo. A pesar de la sonrisa que surgirá en los rostros de las personas que me conocen personalmente, voy a confesaros que necesito guardar en la alacena de las interioridades, un rincón absolutamente tradicional, clásico y perdurable (quizás es precisamente ese espacio el que me permite serlo mucho menos en otros aspectos), y una parte de ese rincón es la Navidad, no tanto como historia de regalos y más o menos forzadas sonrisas, sino porque es época del año en la que todo (todo menos nuestros cuerpos que van resoplando con la lengua fuera para aprovisionamiento de regalos y comidas) parece empezar un aire de reposo (época también llamada invierno). Aunque está claro que la naturaleza lo tiene mejor pensado que nosotros: ella se toma unos meses de respiro en preparación de los aldarullos de la algarabía primaveral. Nosotros, que para todo somos mucho menos sutiles (por no decir cutres, directamente), nos lo organizamos a destajo en unos pocos días, pero como esto es así, ponerse de malos humos no arregla nada.
Prefiero, en vez de eso, asombrarme por este nuevo año que ha sido de un curioso modo tan y tan esperado. Curioso porque se le espera, sobre todo, para pasar corriendo por encima de él (puaj, quita de ahí, so estorbo!) y saltar por fin (digo yo que será eso) hacia el ansiado 2.000, saltar a él desde los jumbos, desde Australia ?lugar donde se supone se verá el sol dosmileño en primera plana- desde el fondo del marmatarilerile, desde cualquier inverosímil lugar. Pero mira por dónde, yo voy a pedir, como real regalo, el que podamos disfrutarlo paso a paso, porque va a ser año realmente especial: año de muchas cuestiones contables con los incipientes asomos del euro (horror y horror, enarbolando continuamente tarjetitas traductoras pts-euro que nos acompañarán en cada producto elegido de las estanterías de las tiendas, en los saldos de los bancos, en los billetes de avión, para que nos alivien cuasinfartos al no saber si toooodo es muy barato o más bien no llegamos ni con ayuda de bomberos a fin de mes): qué será del regateo merlucero en el mercado? Sabremos convencer a nuestra pescadera favorita de que sabemos de qué estamos hablando cuando le queramos escamotear unos centimillos de euro? Lo sabremos algún día? Lo sabrán los operarios de bancos (supongo que trabajando hasta la última hora del día de Año Nuevo porque de una hora a otra, todo cambiará en sus/nuestras contabilidades) cuando acudamos sudorosos a la ventanilla tras no saber si nos hemos arruinado o somos los de siempre.
Prefiero, en vez de eso, dejar los balances cifrados y descifrar el misterioso vínculo que la comunicación nos depara. Pensar que hemos, entre nosotros y vosotros, empezado a construir en esta revista gastronómica una ruta no previamente diseñada (se va creando a medida que vosotros, los que nos leéis, vais dándonos las pautas) de intercambio, pensar en todos los caminos que aún nos quedan por descubrir. Saber que la vida que respira la revista llega de todo lo que nos contáis desde todos los lugares del mundo, que este rincón empieza a ser un lugar habitual para muchos de vosotros, que esta Navidad, a través de una de nuestras secciones, dos personas que hacía más de quince años habían perdido las palabras entre ellas, las han encontrado de nuevo (no tenemos espíritu de quién sabe dónde, pero las cosas más extraordinarias ocurren así, sin contar ?gracias a los cielos- con nuestro permiso), que se recuperan relaciones entre compañeros de profesión y se crean nuevas, que cocineros y particulares tienen un hueco donde descubrirse mutuamente.
Tenemos por delante toda nuestra imaginación para crecer, y a vosotros, para que nos dejéis hacerlo
Por todo (y por lo que no sigo contando, porque esto puede ser interminable)
MUY FELIZ AÑO 1.999
(Si no lo digo, reviento!)
KOLDO ROYO