Cada año al volver de las vacaciones es costumbre contar hechos más salientes, si no hilarantes, que han sucedido un poco por el mundo. Antes de todo se quiere hacer referencia a ciertos turistas despistados de remate, y no solo, bastante desprevenidos para irse por el mundo. A menudo es gente que nunca ha salido de su barrio y no se da cuenta de la gran diferencia que hay andando por el mundo, cuyo primer obstáculo son los idiomas. Pero es también gente que presume saber y conocer cómo viajar, y demuestran que todavía les falta mucho por aprender y como comportarse bien, por no quedar mal. Un turista verdadero antes de ponerse en viaje, se documenta geográficamente e históricamente sobre los lugares que visitará para sacar mayor provecho de sus estancias, tratando también de aprender algunas nociones del idioma del país.
Las agencias de viajes, los guías de museos, los conserjes de hoteles, son los que diariamente son testigos de casos increíbles, donde reciben preguntas de lo más disparadas. Deben dar respuesta a preguntas imposibles y, por cierto, irrealizables como la de organizar una corrida de bigas en el Coliseo de Roma, un rico americano estaba dispuesto a pagar todo lo que fuera necesario. Y siempre en este mismo lugar donde por siglos tuvieron lugar millares de luchas a menudo sangrientas y juegos circenses, pero eso remonta a un par de millares de años, un turista preguntó:
¿Cuándo empieza la lucha de los gladiadores? Uno que pasa ante el Anfiteatro Flavio de Roma y pregunta si es allí donde fue rodado El Gladiador. Otros en Roma preguntaban si era posible concederse un tratamiento con fango en las Terme de Caracalla (es un sitio arqueológico a cielo abierto).

Las búsquedas del sito hotels.com, que recoge un patrimonio histórico cultural italiano de curiosidades infinitas, despiertan un vivaz interés por esas situaciones creadas por algunos turistas. Dos japoneses en Venecia, extasiados del tour en góndola, pidieron con mucha insistencia al gondoliere recibir lecciones para conducir una góndola. Una pareja que en Valle d?Aosta, una región a nord del Piamonte entre Francia y Suiza, famosa por sus campos nevados con largas pistas de esquí, preguntaban cuanto distaba la playa desde el centro de la ciudad de Aosta, y frente a una respuesta negativa, todavía insistiendo "¿pero ésta no es una localidad balnearia?". Y ese grupo de italianos que viajaron a Madrid se cabrearon cuando supieron que no había mar, entonces preguntaron cuanto distaba desde el hotel; como si no bastara, preguntaron también a que hora abre al público la Puerta del Sol, por no arriesgarse a encontrarla cerrada. Otros en París fueron sorprendidos porque las alcantarillas están bajo tierra. En la capital francesa un amante del arte, pregunta dónde podía ver la dama con la sonrisa, aludiendo a la Gioconda de Leonardo da Vinci.
Y qué decir de esos turistas que llegaron a Irlanda y no sabían que los irlandeses hablan el inglés, sino que estaban convencidos que hablaban el idioma de los célticos. Es más, que fueran tan avanzados para utilizar los portátiles; preguntaron también si existe verdaderamente la foresta en que, según la mitología, vivían los gnomos y si hay un bus para ir a visitarlos. En Suecia dos parejas en una agencia de viaje de Estocolmo preguntaron donde podían tomar un bus para llevarlos donde están los lobos, los alces y los renos.
Turistas chinos de viaje en Sicilia preocupados porque tenían sólo euros, preguntaron qué moneda hay en la isla y qué idioma se habla. Una pareja en busca de hotel, preguntaba si era posible dormir en las catacumbas de los Capuccini de Palermo. En Torino, a un guía del Museo Egizio (el segundo del mundo después el del Cairo) se le preguntó si esa momia murió exactamente así como es ahora. Una colega del Palazzo Madama (museo cívico de arte antiguo) tuvo que dar una respuesta negativa a un visitante que preguntaba si podía dar un beso a un cuadro porque le traía muchos recuerdos. Todavía en Torino un turista japonés parado frente a un ?Toretto?, una pequeña fuente de las tantas que hay en la ciudad, con la cabeza de un torito (que es el emblema de la ciudad) preguntaba a los transeúntes a quién podía dirigirse para comprarlo y llevárselo como souvenir.
Como se puede deducir de este increíble pero verdadero muestrario de actos de lo más disparatados, en una palabra: absurdo, creado por los tantos desprevenidos que andan por el mundo, no tiene límites.

