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Manuel Julbe

Talía
HIJA DEL MAR

mjulbe@espanet.com

Aunque se llamaba Talía no era ninguna nereida marina, ni tuvo nunca tantas hermanas como según nos contaron los griegos de su homónima. El nombre se lo debía a su padre, un biólogo marino que se apasionó por las algas. Con su progenitor bajó al fondo de los océanos a conocer y a buscar lo que el científico llamaba el alimento del futuro. Creció entre rocas, olas y arenales, alimentada con gónadas de erizo, holoturias, anémonas, caracolas y algún que otro pescado o crustáceo que su madre le cocinaba. Había oído hablar de ella ya que se pasaba la vida, de país en país, dando conferencias sobre las virtudes culinarias e incluso terapéuticas de esos bichos. Por fin coincidí en un seminario que organizó el Ayuntamiento de la ciudad francesa de La Rochelle en combinación con el acuario y algunos restaurantes de la ciudad. Tras aprender las cualidades de las “Sacoriza Polichides” o de la “Imantalia Elongata”, sin olvidar a la “Undaria Pinitifida”, pude desgustarlas en empanada, en caldo, con sopas de ajo, en filloas y no sé de cuantas maneras más. Talía afirmaba que los mayores consumidores de estos productos eran los orientales y sobre todo los japoneses que incluso las llegaban a importar de Galicia. Pero ella no temía por sus suministros ya que había conocido a Manuel Loureiro, químico y tan apasionado como lo fue su padre de este mundo. Allá en Castiñeiras, parroquia del municipio coruñés de Ribeira, en la Ría de Arosa, el gallego luchaba contra viento y marea para dar a conocer esos productos que él enlataba y convencer a todo aquel que quisiera escucharle de que del mar no sólo salen sardinas o mejillones. La muchacha estaba al corriente de los últimos experimentos del de Castiñeiras. Sabía que estaba ensayando con lo que los catalanes llaman “espardenyes”, “llongos” o “pastisets”, holoturias que también son conocidas como cohombro de mar real y con anémonas u ortigas que los paisanos de Valle Inclán denominan “conas de vella”. Pasé unos sabrosos y yodados días con Talía entre platos completamente desconocidos para mí y sus oxigenados cabellos que me envolvían como algas de los más profundos mares.
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