Ese cajoncito...


22-02-2006    |   


ARTÍCULOS





Vaya hoy mi crónica, escrita en el bonito marco alcarreño y primaveral
de los pajaritos piando y el romerito en flor, sobre ese cajón "del todo un
poco" que toda cocina -y cocinilla- que se precie tiene.

Ese cajoncito en el que se almacenan los artilugios más inútiles, aunque nos parecieran todo lo contrario en el momento de su compra. Y esto viene a que mi amigo Antonio, dueño de la finca alcarreña que nos asila los fines de semana, compró un aparato que se lleva el primer premio: unas PINZAS PARA TERRONES DE AZÚCAR. Este complicado artilugio recuerda a esas máquinas de "pescar" regalitos de ferias y bares de barrio y que, estoy segura, no vamos a usar jamás ya que nunca tomamos azúcar, y mucho menos en terrones. Formará parte, eso sí, del elenco de dicho cajón, tan inútil e inerte como se hallaba en el hiper de donde salió.

Vamos a ver: todos nosotros tenemos un prensa-ajos. ¿Cúantos de ustedes lo
usan? Yo el día que aluciné fue cuando me enteré que ese agujero del mango y
el palito que encaja dentro servía también para sacarle el hueso a las
aceitunas. ¿Y a qué me dedicaba yo hasta entonces? O si no esa rejilla que ha traído Angel y que se supone que es para cortar patatas para freír. Promete
cortarlas todas iguales. ¡Toma ya! ¡Menuda preocupación! Ah, y que menuda luxación de muñeca que le ha provocado el cacharrito, ji, ji,ji. Como mi profesor de dibujo artístico, que consumía -ya no lo hace- patatas fritas congeladas porque le parecía dificilísimo y muy trabajoso cortar todas las patatas parejas. A lo que yo le contesté que venga hombre ¿y te pasas diez minutos para que la línea que trazas en un dibujo, sea exactamente como la ves? Me confesó
que no ha vuelto a consumir patatas de bolsa, totalmente convencido. Y es
que artilugios de cortar patatas con formas ya hemos tenidos unos pocos. Como aquel que las convertía en largos rizos y que debió hacer rico al
charlatán de El Rastro que los vendía. Pero se lleva la palma ese chisme
cuadrado en el que se apoyaba la patata y ras ras no parabas hasta el hueso,
del dedo, que las patatas, como ustedes saben, no tienen hueso. Y con lo que nos costó encontrar una mandolina en nuestros viajes por Grenada, que hubo que buscar en el diccionario cómo se decía en inglés, y los tenderos nos miraban de tal talante que creo que nuestra fama de raritos se incrementó bastante en el pueblo.

Nada, que cuando vamos de viaje nos da por venir cargados con algún que
otro trasto inútil. Por ejemplo, de Holanda cargamos con una de esas
espátulas, con ranura al medio, que sirven para lonchear queso. Allí nos pareció fantástico, delicioso el quesito allí en su tierra, pero aquí... Criatura, ¡pero si apenas comemos queso! Pues ahí está, en el dichoso cajón.

La estrella sin duda es el acanalador de limones. ¡Toma ya!, si hasta suena bien! A-ca-na-la-dor. Ese chisme que sirve para dibujar líneas en frutas. En mi caso, ostenta un lugar privilegiado ya que se usó una vez para decorar nada menos que 30 limones de un tirón. El pobre se ha ganado su sitio aunque no lo hemos vuelto a usar más. Y que conste que no está en mi ánimo el ofender a nadie. Si usted es de esos cocinillas que le saca partido a esa rueda dentada que sirve para cortar pizzas, no sólo me alegro, también le envidio. La mía yace junto a unas pinzas metálicas que, supuestamente, sirven para dar vuelta a las piezas
de carne y que nunca uso. Pizza... en una casa, la mía, donde se sigue
rindiendo culto al bocata.

Bueno señores, pues les dejo que voy a echar un vistazo a ver con qué aparatejo
ampliar mi inútil colección.

TAGS    QUESO PATATA




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Marisa Beato




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