Miedo a los fogones


05-06-2007    |   


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Por mucho que los españolitos cada vez nos independicemos más tarde ?servidora ya se aplicaba crema contorno de ojos cuando emprendió el vuelo- eso no evita que los primeros meses fuera del hogar paterno degeneren fácilmente en una orgía de precocinados y ultracongelados. Se suele decir que los cambios sociales, como la incorporación de la mujer a la vida laboral, los escasos metros cuadrados de las cocinas mileuristas y las prisas de la vida moderna han convertido a la generación de los setenta en un grupo desinteresado por la comida de verdad. Tampoco es de extrañar, si se piensa que fuimos los primeros en echarnos al coleto masivamente barritas de pescado, hamburguesas de fast food y polos 100% colorante.

Pero, por otra parte, a los jóvenes y sobradamente preparados de aquel anuncio añejo se nos presupone una pasión desaforada por los restaurantes con estrella, la sal Maldon y la decoración con hilillos de salsa. La industria alimentaria cada vez emplea una proporción mayor de sus recursos de marketing en venderles productos a los singles y a las parejas sin hijos. Sí, nunca en la historia de la humanidad hemos tenido una variedad tan grande de productos en las alacenas de los comercios, o de fuentes de información sobre la cocina, pero la triste realidad es que salimos de casa sin saber freir un huevo. Y que, según se pierde nuestra capacidad de preparar un fricandó o un cocido de la abuela, aumentan nuestro deseos de pagar por él. Hemos pasado de ser ciudadanos del universo culinario a meros consumidores. Dormidos como los humanos en ?The Matrix?, pero entre pucheros.

Que tendamos a dejar la responsabilidad de comer bien a diario en manos de los profesionales dice mucho sobre la sociedad en la que vivimos, y no necesariamente en positivo. Pocos de mis amigos se meten en la cocina, excepto para calentar el café en el microondas. Y al resto, casi nos parece imposible ponernos a cocinar nada si no seguimos al pie de la letra la receta que nos propone el último cocinero mediático, o si no comprobamos estrictamente la temperatura de la carne con un termómetro electrónico, o si en la lista de ingredientes no aparecen la goma xantana o el agar-agar. Vamos, que tenemos miedo a los fogones. Miedo a experimentar, miedo a crear, a fracasar... y a aprender a través de nuestros errores. Miedo, en suma, al compromiso. Y a la libertad. ¿Alguien se apunta a la revolución?



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