El sabor de lo cotidiano


19-10-2009    |   


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Igual que la fila del cine o del paro, en un avión o en un tren, el tiempo de espera provoca fácilmente que la mente vuele imaginando cómo es la vida de otros compañeros de viaje, si se parece o no a la nuestra, si viene o va de vacaciones, cuál puede ser su profesión, sus aficiones, preocupaciones, ilusiones,? Y sin saber por qué, la mirada se posa sobre alguien que capta nuestra atención.

La pasada semana (sábado 14:25 h), en un tren, una chica joven, con alguno más de 25, se sentó enfrente de mí. Ese día no llevaba periódicos, no escuchaba música, ni tampoco tenía sueño y, distraída, empecé a cavilar. Observé sus gestos. (Parecía tan infantil?) Ajena a la pereza del vagón y al más incomprensible voyeurismo, aprovechó su momento. Durante los 15 minutos que duró su trayecto el vagón circulaba inmerso en la música mp3, leía libros o golpeaba las ventanillas con ligeros sueños. Ratos absurdos o ratos que sirven para escribir una columna. El suyo era el del almuerzo y el mío el de apreciar por unos minutos el acto de comer, a menudo tan obviado y, sin embargo, tan importante para el enfermo o el ?sin-techo? que no puede llevarlo a cabo.

La chica sacó primero una servilleta que colocó encima de sus piernas, un tupper completamente envuelto en papel de aluminio y unos cubiertos de plástico. Todo preparado al detalle, empezó a comer. Un acto sencillo, vital y rutinario. ?¿Qué miras Conchi??, me dije, ?¡qué absurdo!?

Durante un minuto me distraje y concentré mi atención en el paisaje (precioso), hasta que llegó el polígono industrial. Parada. Y otra vez el aburrimiento y por ende la curiosidad. ?¿Qué comía? Ah, tortilla de patata y pisto. Ja, comida casera, muy apetitosa, ¡sí señor!?. Echó un vistazo alrededor como controlando que nada alrededor pudiera alterarle, y aún así, poco parecía importarle,



seguía comiendo. Quizá se le ocurrió pensar por qué yo le podía mirar, pero volvía a su tarea. Quizá había estado trabajando aquella mañana de sábado que yo había dedicado a pasear, o quizá fuera a trabajar al bajarse del tren. ¡Qué más daba! Yo reflexionaba en aquel hecho de comer a solas aprovechando con prisa un paréntesis del día, como tantas veces me había visto hacer.

Entonces me acordé de lo que decía mi cantante favorito en una entrevista: ?Prefiero no comer que comer solo?. Durante mucho tiempo creí que, como él, muchos debíamos compartir esa opinión, pero después de más comidas y cenas solitarias lo pongo en duda. Por supuesto que, en función de la compañía, puede ser mucho más divertido, pero precisamente en una de sus canciones este compositor predicaba la autosuficiencia sexual. Se ríe de sus chistes, se cae bien, es fiel a sí mismo, incluso se jura amor eterno. Pues qué mejor que ser autosuficientes a la hora de comer, ¡digo yo! Y me explico.

A solas hay diálogo empezando por uno mismo y la comida. Si lo preparas comes el fruto de tu propio trabajo, con la pizca de más o de menos que le hace falta a la comida para que A TI te guste, en el punto de temperatura adecuado? Aquella chica disfrutó por unos minutos de su comida en el tren, como podemos disfrutar de comer un bocadillo a la orilla del mar, un bocadito de tres estrellas en el restaurante más encantador o en un día de trabajo, estrés y tupperware.

Olvidemos un poco las reglas, de cómo tienen que ser el camarero o la cena perfectos, de la cantidad de ingredientes que pongamos a una ensalada, y saboreemos aquello que nos dicte el gusto y el momento, sin más reglas, para disfrutar de la libertad que puede darnos esta tarea cotidiana de comer.

TAGS    PATATA PISTO




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Conchi de Miguel

Periodista y riojana




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