Cocinero en serie. Capítulo II (4ª entrega)


22-05-2001    |   


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Pere ha seguido durante todo el día a su nuevo cocinero, se llama Marc y es estudiante en la escuela de hostelería, un chico de clase media-alta con afición a las drogas. Al llegar a la pensión, el friegaplatos asesino se encuentra con su vecina Marina, su mejor amiga e igual de sola.



Marina era simpática, amable y con la misma mala suerte que él en la vida, aunque su caso iba ligado a unos hijos que sólo venían a verla una vez al mes y cada dos la invitaban a comer, a pesar de eso no permitía que Pere los criticase. Si no hubiese sido por el eterno respeto que las mujeres le causaban, a lo mejor hubiera iniciado una relación con ella, pero hacía años que se había convencido de que era demasiado tarde.
Su amiga se extrañó de verlo llegar tan tarde pero respetó su intimidad, le invitó a pasar como si nada y le ofreció una taza de té. Pere lo detestaba aunque nunca se lo dijo, tampoco le dijo nunca como adoraba su compañía. A la luz de la salita ella le vio un aire extraño y le preguntó si ocurría algo. A él le hubiese encantado compartir su proyecto pero sabía que la tranquila Marina nunca lo entendería, evitó mirarla a los ojos y empezó a fingir normalidad. Ni ella ni nadie podría comprender lo que sentía ante la cosa más grande que se había propuesto en la vida. Decidir la muerte de los demás le hacía sentir más vivo que nunca, además la absurda idea de suicidarse que a veces le atormentaba se había esfumado por completo.
Marina sabía que mentía, que algo tramaba. Desde hacía unas semanas llevaba unos horarios locos y supuso que todo se debía a que no se acostumbraba a la nueva vida de jubilado, hizo otro pausado trago a té con limón y algo preocupada vio como su amigo se iba por donde había entrado.



A la mañana siguiente Pere se levantó cansado; en un principio quería volver a la escuela pero decidió que yendo directamente a la casa de Marc no se perdía nada y ganaba algo de sueño. Por un momento se sintió culpable, como si llegase tarde al trabajo, pero miró el reloj y volvió a dormir.

Aquel día Marc no comió en casa y Pere empezó a recriminarse ese ataque de pereza. A eso de las cuatro apareció finalmente. El chico vino a todo gas, estuvo diez minutos en casa y volvió a bajar como un rayo por las escaleras. Pere se asustó. Si volvía a coger la moto lo perdería. El jubilado no quería volver a ir en moto, le traía demasiados recuerdos del accidente de antaño. Si debía seguir a alguien lo haría en transporte público, así de paso no contaminaría. A lo mejor como premio a sus preocupaciones medioambientales, Marc empezó a caminar calle abajo con un ritmo ágil y a base de saltitos, Pere se vio obligado a correr.

Cruzaron la zona más comercial del barrio, un lugar que luchaba por enterrar su pasado obrero y se maquillaba para parecer rico, un barrio con los mismos objetivos que los padres de Marc. Al cabo de diez minutos, el muchacho se detuvo en un parque, no paraba de mover la cabeza buscando algo o a alguien. Pere estaba tan cerca que pudo ver claramente sus facciones duras y marcadas, sus ojos azules contrastaban con el moreno de su tez, el chico estaba bien hecho pero ni una leve llama de piedad se encendió dentro del asesino en serie, cuando más lo miraba más lo odiaba. No era un odio a la persona, simple y llanamente detestaba lo que quería que representase. Tres chicos corriendo asaltaron a Marc entre risas, sin duda eran sus compañeros del barrio y todos a una se dirigieron al lugar más escondido del parque, allí detrás de unos abetos podrían fumar otras plantas con más tranquilidad. Pasaron horas allí y Pere se cansó y decidió irse, mañana sería otro día.

Era viernes y Marc no prestaba mucha atención a las explicaciones del maestro-cocinero, extraños tipos esos profesores que se emperraban en mentalizarlos acerca de lo dura que era la vida del hostelero, les decían que no había horarios, ni vida familiar y pocas vacaciones aunque todo quedaba compensado si te gustaba de veras. Siempre terminaban explicando batallitas de cuando eran cocineros, para Marc ahora eran otra cosa, unos tipos con un horario excelente, mucho tiempo para la familia y más de cuatro meses de vacaciones pagadas.



Esa mañana tenían una prueba de trimestre, debían preparar en casa dos recetas que llevasen rape, una tradicional y otra innovadora. El profesor escogería una de las dos y delante de las dos docenas de alumnos que llenaban el aula de prácticas, cada alumno dispondría de media hora para llevarla a cabo.

Para Marc lo mejor que podía pasar era que el tiempo se les echase encima y así ganar tiempo. Odiaba hablar en público y tampoco estaba seguro de hacerlo demasiado bien. Observaba a sus compañeros y los creía a todos mejores que él.

Por la clase con forma de cocina empezaron a desfilar platos llenos de rape y de ganas, pero faltos de oficio. ?Rape al estilo de mi abuela?, demasiado tomate y un pelín ácido, ?Rape a la costra de olivas negras y jamón crujiente?, las olivas no aguantaron en la paella y el jamón salió blando, ?Rape en salsa verde y almejas?, tan clásico que no podía salir mal, ?Carpaccio de rape y piña?, conjunto refrescante que no desentonaba, ?Rape con albóndigas y oporto?, moderno pero desagradable al paladar, ?Zarzuela de Rape y gambas? seguro pero efectivo. Cada alumno se esforzaba y trataba de mantener el tipo y los puntos de cocción a pesar de los nervios y las sádicas preguntas del maestro.
Pero Marc no veía los defectos del plato ni los nervios del que lo realizaba, sólo veía muchachos seguros de ellos mismos que atribuían las críticas del profesor a la manía que les tenía. Marc había preparado sobre el papel una sopa de rape con allioli y un rape al vapor a la crema de setas, presa de los nervios ya no sabía cual de los dos le quedaría menos mal. El profesor se acercó a él y le ordenó hacer la sopa.

Continuará...

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Jordi Gimeno




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