Pensar con la boca


27-03-2009    |   


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Me resulta casi imposible olvidar mis primeros encuentros cercanos con la gastronomía de otros lugares. El mes de enero entero, que en el hemisferio sur es verano, tirada en la playa leyendo Viajes de un Chef. Me acuerdo que se lo robé, perdón, tomé prestado a mi cuñado sibarita. Me acuerdo de viajar con la mente y las papilas por donde Anthony Bourdain decidía llevarme.

Me acuerdo del primer ceviche peruano crujiendo en mi boca, de la primera ostra y de cómo me llevó al mar, del olor de las piedras humeantes sobre las hojas de banano del primer y único ?curanto o pachamanca? que probé en mi vida. De cómo los jugos de todas las carnes y los vegetales se servían en un cuenco que alegraba hasta el alma.

Me regocijo de traer a mi memoria la intensidad del chocolate espeso y caliente con churros en una cafetería en el crudísimo primer invierno en Madrid. De la patisserie de Francia expuesta como joyas. De la sangría y las tapas. Del pastel de choclo (maíz) chileno en la mesa familiar o en algún chiringuito playero. De los rinconcitos que esconden todas las ciudades y que al amante gourmet se le descubren como el hueso de un aguacate.

De los mercados donde adoro perderme sin mirar el reloj, dejarme ir, movida solamente por la curiosidad. De los estornudos y la confusión aromática de tanto meter la mano y la nariz en cuanta especie se me presente. De cualquier domingo en Nuestra Señora de África o en algún mercadito de Candelaria.

Escuchar a las personas compartir secretos culinarios. Sentarme al lado de alguien en la guagua y entablar una conversación para que me lleve de viaje a su tierra y me cuente qué comen y cómo lo preparan, despedirme habiendo estado en algún paraje lejano. Dejar llegar las recetas por la intuición y conducir la mano por el instinto y el paladar mental.

Cuando armo un viaje investigo, y como quien decide qué cuadros mirará en cada museo, pienso y me relamo de sólo pensar en cuantos nuevos manjares probaré. Me preparo como para ir a rendir un examen. Si encuentro un sitio perfecto, voy cuantas veces me da la gana. Sabiendo que esos pequeños lugares que nos emocionan no están a la vuelta de cada esquina.

En vez de hacer las maletas a tiempo, leo y releo las aventuras gastronómicas de otros viajeros, que como yo, piensan bastante más con la boca que con la cabeza.

rdiazaraujo@gmail.com

TAGS    TAPAS SANGRIA TINTO DE VERANO




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Rosario Díaz Araujo




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