Cocinero en serie (Capítulo IV, 2ª entrega)


06-01-2002    |   


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Diez minutos más tarde ya tenía el flan en la mesa. No podía negar que el cocinero era rápido y que, a pesar de la masificación del local, la carne era buena y los postres, naturales; lamentó que la puerta de la cocina no tuviese una ventanilla transparente y así, entre humos y prisas, ver la cara de su nuevo cocinero.

Mientras tomaba el café, pensó en la cantidad de mentiras que había contado a su amiga Marina sobre su hermana y sus sobrinos, unos chicos a los que no reconocería si se cruzara con ellos. A lo mejor sí que había llegado el momento de hacer las paces y dejar de fingir tanta indiferencia; se juró que si todo terminaba bien iría a visitarlos.

Probablemente tendría que llamar antes para saber en cuál de las tres casas estaría la familia ese día, si en el piso enorme y bien situado de la capital, en la masía de alta montaña donde iban a esquiar, o en el apartamento de la costa.

Se le escapó una sonrisa irónica que trató de borrar de inmediato, que al fin y al cabo eran esos pensamientos malévolos los que habían provocado la tirantez fraternal. El nuevo Pere se sentía fuerte y poderoso, con un poder que nacía de su cerebro y que operaba con sus manos, un poder tan grande que hasta le permitiría perdonar a la burra de su hermana.

Abonó la cuenta y dejó unos merecidísimos veinte duros de propina, salió al exterior y bordeó la nave con la esperanza de conocer al responsable de esa buena digestión. La cocina debía estar en la parte trasera, no había pérdida en la cuadratura de ese edificio. La uniformidad lo llevó hasta una gran puerta metálica medio abierta, en su interior había una ordenado almacén con comida y al fondo, sin duda, la cocina.

Pensó en esconderse entre los matorrales que crecían desordenadamente en el patio posterior pero sería demasiado incómodo, pesado y arriesgado y decidió volver a casa, aunque lamentaba no haber tenido contacto visual con su presa, al menos ya le conocía la guarida.

Entró sigilosamente en casa, no quería inventarse más tonterías para Marina, pues engañar de esa manera a su única amiga sí que lo consideraba un crimen, además, se había vuelto insoportable con la supuesta reconciliación fraternal; seguramente la pobre mujer ya se imaginaba a los tres tomando café en cualquier terraza del centro. Pere respiró aliviado cuando pisó su habitación, probablemente Marina había salido a pasear.

Al día siguiente, extremadamente temprano, Pere volvió a coger el tren, no eran ni las seis. El objetivo era llegar antes que el cocinero y, desde alguna discreta posición, observar sus movimientos matinales, tomar las medidas del lugar y estudiar cuál sería el mejor momento de atacar. La estación estaba oscura y en la pineda era negra noche, se ensució de barro al pisar un charco invisible pero no se inmutó, nada ni nadie lo detendría esa mañana.

El bar ya estaba abierto y Pere maldijo el sistema ferroviario y la puntualidad del cocinero. El sol ya despuntaba pero la calle seguía desierta. Puso cara de trabajador, o sea que mezcló sueño, malhumor y algo de rutina, y entró a tomar un café. Solo estaban encendidas las luces de la barra, el gran comedor, a oscuras, parecía no existir. Los silenciosos clientes no llegaban a la docena y allí, plantados al lado de la cafetera, había dos hombres, uno gordo con pajarita y otro vestido de cocinero, más alto y mucho más delgado, ese era su nuevo amigo.

Los dos tenían la misma edad y, tal como hablaban, no podía adivinar quién era el dueño y quién el empleado. Pere trataba de disimular pero sus ojos delataban una ansiedad que no era normal de madrugada y entre gente que cargaba pilas y carajillos para una dura jornada. Pagó deprisa, no quería llamar la atención y mucho menos iniciar una charla. El camarero apenas le hizo caso, más pendiente del diario deportivo, y el cocinero parecía ausente, a lo mejor pensando en el orden de prioridades para cuando entrara en la cocina.

En la calle ya había un poco más de actividad, la luz parecía haber dado el pistoletazo de salida a una nueva jornada de ruido y desorden. Pere siguió la valla del restaurante por la parte exterior, recorriendo un pequeño camino de dos metros de ancho que separaba una nave de la otra. Llegó al final y sus ojos se iluminaron, mientras se preguntaba cómo no había reparado en ello el día anterior.

A apenas diez metros había una nave abandonada, un escondite perfecto para observar los hábitos del local. Un gigantesco local sucio y dejado pero con una estructura relativamente nueva. Pere encontró una parte de la valla aplastada y entró en el patio lleno de malas hierbas creciendo entre asfalto agrietado. La puerta principal estaba cerrada pero la mayoría de ventanas habían sido víctimas de pedradas de chiquillos aburridos. Con la ayuda de unos viejos palés, Pere saltó por una ventana, tardó unos minutos, como si fuese un gato viejo y cansado. Una vez en el interior recuperó el aliento y miró a su alrededor, entraba poca luz pero la oscuridad no tapaba la suciedad que se acumulaba en cada metro cuadrado y seguramente estaría lleno de ratas; esta posibilidad lo aterrorizó y optó por volver al día siguiente y más equipado.

Pasó la tarde del miércoles comprando un equipo de supervivencia para la selva de hormigón que le esperaba. Una linterna potente, botas de montaña, un aislante para el frío suelo, unos anteojos baratos y Zotal para matar bichos, aunque dudaba que la química fuera más rápida que él, intentar eliminarlos lo tranquilizaba un poco. A la hora de pagar, pensó en la ridícula pensión que cobraba y en lo desorbitado del precio de todo lo que se llevaba.

Bien equipado ya fue más fácil encontrar un privilegiado observatorio en el segundo piso de esa antigua imprenta. Se instaló en lo que, en otra época más gloriosa, debió ser un despacho de un pez no muy gordo con vistas a la parte trasera. Eran las seis en punto, pero esta vez no entró a tomar café, su vestimenta de campaña era demasiado llamativa para una clientela de polígono industrial. Se iba a pasar doce horas allí dentro, con los ojos hundidos en los gemelos, pendiente de todo pequeño movimiento en la cocina de ahí abajo, por eso llevaba un buen termo de café, cuatro bocadillos, mucha fruta y, lo más importante, una pequeña radio con un viejo auricular.

El lugar no podía ser mejor, unas viejas cortinas metálicas le garantizaban camuflaje y discreción, lástima de la suciedad y las corrientes de aire que le castigaban un reumatismo incipiente. Las horas pasaban lentas pero el resultado era gratificante.

Continuará...

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Jordi Gimeno




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