Cocinero en serie (Último capítulo, última entrega)


19-04-2003    |   


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El final de la serie está cercano, muy cercano. Pere se ha declarado a Marina y ha hecho las paces con su hermana; sólo le falta una muerte más y podrá dar por terminada su macabra colección. Mientras tanto Pol, el policía triste, le sigue dando vueltas y más vueltas al asesino del que, por alguna razón inexplicable, se siente muy cercano



Marina se sorprendió por dos motivos. El primero porque Pere le confesó que odiaba el té y el segundo por esa casi huida a media tarde. Habían pasado una noche perfecta, y la comida que habían preparado a cuatro manos había ido por el mismo camino. Pere hizo una deliciosa lasaña de verduras y Marina cocinó su clásico y delicioso ?Mar i muntanya?, para el que usó unas cigalas congeladas que yacían en el fondo del congelador esperando en vano la visita de uno de sus hijos.

No se imaginaba que Pere fuera tan cariñoso, Marina sabía que le costaba expresar sus sentimientos pero le sorprendió la fuerza del querer que se escondía tras esa frialdad. Y la cosa se había desbordado y estaba tan contenta que a pesar de que le supo mal, trató de entender que Pere se fuera después de la comida. Ella estaba feliz y quería serlo con él, aunque fuera un solitario que necesitaba su espacio y que no le presionasen. Por eso le insinuó si quería que le guardara algo para la cena. Y se alegró tanto cuando le respondió que contase con él.

Pere se moría de ganas de estar toda la tarde con ella, pero el deber, el último deber lo llamaba. Salió a la calle y el agobiante calor lo hizo dudar un poco, pero cogió el metro y luego el tren que llevaba al aeropuerto. Llegó a las cinco. El tránsito de pasajeros era muy intenso, el habitual para finales de agosto. Pere se sentía ágil y escurridizo entre esas olas de viajeros, sin duda la climatización de la terminal ayudaba.

La primera idea era alquilar un coche pero la chica le pidió tantos carnets que se echó para atrás. Si un policía competente, si quedaba alguno, cruzaba los datos de los clientes del Hotel Mar con los que habían alquilado un coche el día de su futuro crimen, lo encontrarían en dos minutos y, además, si algún testigo imprevisto retenía la matrícula, entonces bastaría con un solo minuto para estar entre rejas. No quería, pero se veía empujado a cometer otro delito. Se dirigió hacia el inmenso aparcamiento y empezó a buscar a un conductor solitario. A lo lejos vio un matrimonio mayor con todo el aspecto de volver de vacaciones. Estaba a punto de entrar en su monovolumen.

Sus caras tostadas se asustaron de verdad al ver la navaja multiusos con la que los amenazaba ese viejo; por supesto le dieron las llaves a la primera. A pesar de no ser tan viejo como sus dueños, al coche le costaba arrancar y Pere se vio obligado alzar la navaja un par de veces y hacerla bailar en el aire ante la hipnotizada mirada de la pareja. Los viejos estaban paralizados por el miedo y sólo cuando el coche se fue la mujer consiguió chillar. Pero Pere ya estaba muy lejos.

La valla del parking se rompió como si fuera de atrezzo.Pere esperaba que fuera más dura pero el impacto no dejó ni un rasguño. Sintió lo que debía sentir un atleta cuando cruzaba la línea de meta, pero aún faltaba un poco, sólo unas horas para volver con Marina, cenar y saborear la victoria final. Nadie lo siguió y si lo hubiese hecho, lo hubieran perdido en ese nudo de accesos viarios a todo el país. No era para nada un experto conductor pero la ruta hasta el Hotel Mar la tenía perfectamente estudiada. Su cerebro recordaba muy bien la cara que quería y la casa donde se dirigía.

Consciente de que conducía un coche robado, dedicó la hora y media de trayecto a la estricta observación de las señales de tráfico y a tratar de averiguar, por enésima vez, de qué le sonaba ese policía que iba ver en unos instantes. Aparcó en la entrada de la urbanización e hizo a pie el medio kilómetro que lo separaba de la casa. Mientras subía la larga y mal asfaltada calle, el calor y la humedad lo debilitaron. A pesar de eso trató de olvidar que iba a entrar en la casa de un policía, tenía que verlo como a una simple y fácil víctima más, como todas las anteriores, pero el sudor y los nervios no lo dejaban.

La casa no era tan grande como para no verlo concentrado en el jardín de atrás preparando una barbacoa. Antes de entrar Pere dejó en el buzón un sobre anónimo con los recortes de prensa relacionados con la muerte de Rita y Marc. Era el momento de enseñar todo el rompecabezas. Saltó la pequeña verja y fue a buscar la pieza que faltaba.

Obviamente decidió bordear la casa por el lado que daba a una torre medio en construcción. Siguió el pasadizo de espesa vegetación contento de que ni un triste ladrido de perro lo acompañase esa calurosa tarde de domingo. Cuando llegó al final se escondió tras un gran abeto y le observó. Iba en bañador y no había rastro de la pistola que tanto le angustió. Por lo que parecía el policía estaba preparándose una merienda-cena a la brasa.

Pol estaba de espalda mirando el fuego pensando, quizá, en qué triste era una barbacoa para uno solo, o puede que meditando sobre ese asesino, el cocinero en serie. No tuvo demasiado tiempo para reflexionar, un fuerte golpe a la cabeza con un tronco macizo lo desnucó. Ya estaba muerto antes de caer al suelo.

Pere sabía que ya no tenía que hacer nada más, sólo desear que ningún vecino de la casa de al lado sacase la cabeza por la ventana. Y no pasó, y Pere no pudo resistirse a la tentación de lanzarle la barbacoa por encima. Todo tenía que quemar, definitivamente, había llegado la hora de jubilarse.

FIN



?Cocinero en serie? se escribió originalmente en catalán durante el verano del 99 en la ciudad catalana de LŽAlguer, en la isla de Cerdeña, donde estaba trabajando. A los lectores que han llegado hasta el final, muchas gracias, y a los que no, también...
Jordi Gimeno

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