Cocinero en serie (Capítulo IV, 4ª entrega)


31-01-2002    |   


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La poca habilidad con los gemelos no le dejaron ver la tremenda caída. Todo había salido perfecto y la ansiedad pasada mientras retiró la tapa de la bodega, había valido la pena. Sus plegarias desde su escondite al Dios de los asesinos habían sido escuchadas y nadie fue a buscar nada al economato y sólo el cocinero salió como un cohete a buscar quién sabía qué, pero encontró la muerte.

Después del impacto esperó tres largos minutos, a ver si salía o entraba alguien, pero nadie en el restaurante había oído nada, y el drama en el subsuelo seguía su curso y Pere quería verlo; escrupulosamente recogió todos los elementos de supervivencia, bajó al patio, saltó la valla y, arriesgándolo todo, se dirigió al almacén. Muy despacio, con una cierta reverencia, se acercó al agujero.

Allí estaba el cuerpo del cocinero en un charco de sangre, parecía un accidente y eso disgustó a Pere, por lo que se fue hacia una montaña de barriles de cerveza y, tan sigilosamente como pudo, cogió uno lleno. Casi se rompió la columna al cargarlo hasta el agujero, lo dejó caer y ya no quiso mirar más. Esperaba un ruido espantoso que lo obligase a salir huyendo pero el cuerpo amortiguó el impacto, el economato seguía tranquilo, todo era más fácil de lo previsto y con una sonrisa en los labios, volvió sobre sus pasos, saltó la valla, bordeó la nave abandonada y, como si nada, volvió a su casa. Para despistar a don nadie, lo hizo en autocar.

Tardaron unos días en llamar a Pol, cuando una alguna mente clarividente del cuerpo de policía relacionó esa muerte con el asesinato de tres semanas atrás en un popular hotel de la costa. La orden venía de arriba y por proceso extraordinario, lo invitaban a trabajar fuera de su zona; codo con codo con los policías de élite, Pol trataría de adivinar las conexiones entre los dos cocineros muertos. A Pol le daba una cierta pereza, le esperaban unas semanas de largos desplazamientos y un montón de preguntas sin respuesta, para colmo, si las cosas se complicaban, tendría que trabajar en equipo.

Mientras se dirigía al lugar de los hechos, un polígono industrial, pensó en el universitario de izquierdas de su juventud, se recordó irónico, con más cabello y bastante atractivo, fumando buena marihuana y probando ácidos de vez en cuando, en el tiempo libre asistía a clases de filosofía y letras. Las paredes de la facultad aún hablaban de las carreras con los grises detrás, algunas eran ciertas, otras falsas, pero a Pol le encantaba escuchar las batallitas de los alumnos mayores. Él ingresó en la universidad en el 78, una época turbulenta e incierta pero con una cierta libertad y sin tanta presión ni riesgos, Pol estaba lleno de ideas y mitos revolucionarios, pero nada de eso aguantó el paso de los años.

El maldito polígono costaba de encontrar. La carretera y el mapa habían formado un rompecabezas indescifrable y, a pesar de eso, a Pol le encantó perderse, al fin y al cabo tenía muy poco que mostrar a sus superiores, un listado de personal y clientes del hotel, unas cintas de vídeo inútiles y un puñado de pistas erróneas.

Fue en el tercer curso de Filosofía cuando conoció a Natalia, su futura compañera. Ella estudiaba Ciencias Exactas en el edificio anexo que habían construido hacía poco. Él, como tantos intelectuales de pacotilla, había protestado airadamente contra la instalación de la facultad de Matemáticas, pues lo consideraban una agresión de los números contra el mundo de las letras, pero como en esa época protestaban por todo, nadie les hizo caso, y la acampada en el campus sólo consiguió impresionar a alguna estudiante de primer curso. Pol cambió rápidamente de opinión cuando vio desembarcar a un montón de nuevas chicas a las que perseguir. Preciosas jovencitas que no habrían oído mil veces las mismas frases pseudo-revolucionarias de mil chicos distintos. Y entre todas ellas, Natalia.

Natalia no iba a la moda hippie de entonces, en su manera de vestir, de andar, de moverse, en todo lo que hacía había algo nuevo e intemporal a la vez. Más alta que el resto, más delgada que ninguna, esa belleza blanca y rizada estaba por encima del bien y del mal.

Al final dio con el polígono industrial, y en la tercera calle a la izquierda, el maldito restaurante. Eran casi las diez de la mañana, por la que llegaba media hora tarde. Entró en el bar, se identificó y el joven camarero le dijo que los otros policías estaban en la parte trasera; Pol se encontró a tres tipos alrededor de un agujero negro y turbio, como el caso que se disponían a exponerle. El de más grado no paraba de hablar pero sin decir nada nuevo. Ningún testigo, ningún enemigo, ningún movimiento sospechoso; todo tan limpio como la víctima.

Pol se unió a la contemplación del sótano, como si de allí pudiera salir en cualquier momento una solución al caso. En un primer instante se barajó la posibilidad de un desafortunado accidente a causa de un imprudente olvido, pero ese barril de cerveza aplastando el tórax del muerto era como la firma del asesino.

Conversaron un rato y el más joven de los policías dio un montón de papeles a Pol, su misión era comparar un montón de datos y ver si alguna cosa relacionaba a los dos cocineros asesinados. Vio alejarse a esos altos ejecutivos de las fuerzas del orden y se quedó pensativo en la soledad del aparcamiento del restaurante, sin nada mejor que hacer que pesar a ojo la documentación que le acababan de dar. Al pensar en lo pesado del trabajo que le esperaba, empezó a dolerle la cabeza y para detenerlo, pensó en Natalia.

Costó lo suyo ganarse su confianza, ella frecuentaba muy poco el bar de la facultad, pero un día, en el restaurante universitario, la abordó por primera vez, aunque Natalia parecía más interesada en la ensaladilla rusa que en ese peludo charlatán que no cesaba de decirle cosas, pero al coger la merluza en salsa verde le contestó con una sonrisa y mientras escogía la fruta, le arrancó una carcajada. El joven Pol la siguió hasta la caja y si hubiese tenido dinero, la hubiera invitado. Comieron juntos y diez ágapes después, empezaron a salir.

La chica era de buena familia pero a Pol no le importó, estaba buenísima y además, por primera y última vez, se había enamorado. Paulatinamente Natalia pasó a ser lo más importante, lo único que le interesaba de veras, ella parecía sentir lo mismo y cuando estaban juntos todo lo demás se volatilizaba. Natalia le bajó las revoluciones, todas.

Continuará...

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Jordi Gimeno




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