Una pequeña historia sobre hongos en el siglo XVI


20-05-2010    |   


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Desde la antigüedad los hongos han sido utilizados por los curanderos, médicos y hechiceros como un elemento curativo, sobre todo los alucinógenos, que eran una especialidad de los chamanes africanos.

El uso de productos comestibles como medicamento es tan antiguo como la propia medicina, no obstante sobre los hongos no tenemos una información detallada de su uso en aplicaciones concretas y, mucho menos, sabemos con detalle de qué tipo de seta se trata. Los hongos no obstante tenían una reconocida fama de buenas viandas tal como recoge un viejo refrán castellano: cuatro son los mejores bocados: prisco, higo, hongo y melón.

En una época muy documentada sobre alimentos curativos, como el periodo comprendido entre finales del siglo XIV y principios del siglo XVIII, y sobre el que yo he trabajado durante años, apenas he podido recoger más que nombres genéricos de setas y hongos como:



agárico, aseroe, boletus, cagarria, criadillas de tierra, hongos, seta de fresno, toferas, trufa y turmas. Es por tanto curioso, por su excepcionalidad, el hecho que se conoce de una curación Real protagonizado por una seta específica como el agárico. A él se refiere el Diccionario de Autoridades (ED. de 1736) y le define cómo: cierta especie de hongo, que nace sobre el tronco de un árbol llamado larice y también sobre todos los que producen bellotas; se cría sobre todo en las montañas de Saboya y Trento.

El agárico era una droga muy apreciada durante el siglo XVI. En los textos médicos se le concedían extraordinarias virtudes curativas, en todos los males y en todas las situaciones: "adelgazar humores, atenuar las opilaciones [hidropesía]; purgar los humores flemáticos y coléricos; descargar el cerebro; avivar los sentidos; mejorar el estómago aburrido; reforzar las articulaciones; proteger contra la gota; prevenir las jaquecas; anular los vahídos; acabar con el mal de orina e ijadas [cálculos de uréter y vejiga]; favorecer el menstruo atrasado [estimular la menarquia]; o matar las lombrices del vientre".

Este agárico era sin duda el que responde al nombre científico de Polyporus officinalis, y cuyo nombre común o vulgar es agárico blanco, polípero u hongo del alerce. En pequeñas dosis se emplea como antisudorífero, ya que es capaz de paralizar las terminaciones nerviosas de las glándulas sudoríparas. En dosis elevadas puede emplearse además como laxante, llegando a convertirse en un purgante drástico. En los países donde se criaba en los cedros y alerces, como el norte de África, Argelia, Marruecos y Mauritania, era la base de un elixir de larga vida, junto a otros vegetales, alcohol y azúcar.

El médico francés Vincent Montguyon insiste en suministrársele a la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, con motivo de una dolencia de la soberana nacida en Francia. Este médico era enemigo de las sangrías y protestaba enérgicamente cuando se le practicaban a la Reina. Con motivo de uno de los partos de Isabel, ésta
"comenzó con un cuadro aparatoso de dolor en la zona lumbar, luego llegaron los cólicos abdominales, volvió a aparecer la fiebre y el dolor de cabeza. Inmediatamente, sin aviso previo, le sobrevino a la reina el aborto de dos fetos con estigmas claramente femeninos..." Montguyon se opuso de manera tajante a que curaran a la reina con sangrías, y la condenaran a una nueva tortura impropia de «tan alta Señora Cristianísima». También fue explícito en prohibir que se le aplicaran ventosas en el tórax y en la espalda, y menos aún sanguijuelas en las ingles y las axilas. En cambio se mostraba más partidario del empleo de purgas a base de plantas reconocidas por su valor medicinal entre las que había alguna llegada recientemente de las indias, como las raíces de mechoacán, capaces de conseguir una expulsión de la materia corrompida que no producía excesivas molestias al paciente y que obtenía efectos rápidos y controlados. Ya en otra ocasión, dicho doctor ordenó que aplicaran a la reina una purga a base de ruibarbo, en contra de la opinión de los médicos españoles que se mostraron escépticos ante la administración de un jarabe obtenido por la cocción de la raíz de la planta en agua de miel. El tiempo dio la razón a los últimos, ya que el ruibarbo no pudo curar a la reina.

En cambio las purgas sí fueron eficaces en alguna ocasión: el 21 de agosto de 1564 Isabel de Valois fue aquejada de fuertes convulsiones y desvaríos, Vincent Montguyon pidió al duque de Alba que lo acompañara junto a la enferma: ante ella y su triste situación, indicó que «había menester de curarla con la encomienda de una purga». El resto de los médicos, decepcionados y cansados, declinaron cualquier tipo de intervención. Fue entonces cuando Vincent Montguyon descubrió que la droga maravillosa sólo era una y, además, la única: el agárico.

El hongo surtió efecto en la Reina, se lo prepararon diluido en aceite rosado y se lo dio a beber la condesa de Urueña en un biberón de plata. La enferma, después de una purgación severa que le ocasionó «treinta y dos o treinta y tres cámaras [crisis diarreicas]» venció el letargo, le cambió el color del rostro, en pocos días recuperó el apetito y se instaló en una falsa y traidora salud. El embajador Saint-Sulpice se lo contó a Catalina de Médicis (madre de la reina) el 25 de agosto: «Pero la bondad de Dios [...] inclinándose ante las lágrimas y las oraciones de este pueblo, en el punto de su máxima desesperación, estando yo realmente seguro del bien de una pequeña purgación con agárico que los médicos le habían ordenado antes...»

Es bastante probable que, en efecto, la acción purgante de la droga fuera beneficiosa, porque se sabe que los principios activos del hongo ejercen una acción global y positiva en los organismos con desequilibrios múltiples. Sin embargo, la auténtica «pócima» fue la orden de Vincent Montguyon a los médicos de casa y de la familia para que cesaran de inmediato con las sangrías. En realidad, fuera el agárico en sí mismo, o el cese de las sangrías, en la Corte se sugirió que la curación se debía, además, a la intervención divina.




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Julio Valles Rojo




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