Aprender a comer a los 25


16-01-2008    |   


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Te levantas una mañana y, dependiendo del día, te apetece desayunar o no. Ayer tuviste una cena de trabajo que te dejó saturada a las 12 de la noche, así que hoy sales de casa sin perder más tiempo. Estás en la oficina y las dos primeras horas te encuentras de maravilla. Pero a la tercera llega el olor de la panadería y los cafés, incitándote a tomar un café con leche y, ya que estás, como es importante alimentarse, un bocata o un donuts, que además queda mañana por delante? (De la pieza de fruta recomendable ya olvídate). Y llegas a casa y como vives sola puedes preparar la comida que te apetezca. Mmmmm?, hoy vas justa de tiempo (como el 98% por ciento de los días) y tienes esa bandejita de lasaña precocinada que anuncian en la televisión y encontraste en el súper. A probarla, importándote un comino que ayer comiste unos estupendos macarrones con bechamel. De segundo y, para portarse bien, un filete de ternera vuelta y vuelta. ¿Postre? Hoy no apetece, ?paso, ¡estoy llena!? Y a trabajar otra vez, en coche, por supuesto.

Terminas la jornada y toca reponer la nevera. Entras a por frutas y verduras al comercio de al lado del súper que parece que tiene estos productos más sanos y ecológicos. Pero hay que comprar otras cosas y entras al súper: un poquito de carne, un poquito de pescado, algunos congelados, pero también el último invento en pizzas; de lácteos, ese yogur con dulce de leche añadido y, pensando en los desayunos del fin de semana, una bolsita de croisants rellenos de chocolate que tan ricos están. Llegas a casa, descargas las bolsas y, ya casi es hora de cenar, pero de todas formas abres la bolsa de patatas fritas (pringues, pelotazos, ruedas?, o lo que hayas pillado ese día). Picas y no entran ni dos ni tres a la boca, entra por lo menos la mitad de la bolsa. Y te lías con las tareas del hogar, te das una ducha, ordenas la habitación? Hora de cenar. Hace frío y para calentar el cuerpo un sobre de sopa bien saladita (100% starlux) y? unos fritos variados del congelador. Eso sí, para portarse bien, acompañados de unas hojas de lechuga. Muy bien. Ya has cenado. Y viendo la televisión te acuerdas de los croisants que tienes, que no entiendes por qué van a estar en el armario esperando hasta el sábado. Pues vamos a coger medio que no va a pasar nada. ¡Para dentro! ¿Y por qué no entero? Y contenta a dormir.

Hasta aquí el resumen de unos malos hábitos alimenticios que se repetían constantemente en mi rutina. Al final del día, ¿horas dedicadas al ejercicio físico?: cero. Y, calorías? "¿¿qué es eso??".

Realmente sorprendente. Es curioso, cuando crees que ya lo sabes todo y encima pasas el día dando y recibiendo consejos (en internet, por televisión, en las revistas...) para preparar mejor unos alimentos, para lograr unas recetas estupendas y sabes a la perfección la pirámide de la nutrición. Sí, sí, tú la conoces también, pero ¿en la práctica? ¿La sigues?

Hace mes y medio acudí por primera vez a una dietista. ?¿Para qué? ¡Tú no estás gorda!?. Me decían.

En cuestiones de volumen y belleza todo es muy subjetivo, pero según los sondeos yo no estaba, lo que se dice, gorda. Pero es que yo tampoco había dicho eso. Simplemente he tratado de buscar, como en tantas otras cosas, la perfección. No la perfección, falsa, de modelos de pasarela, sino la correspondiente a mi sexo, altura y edad. Si no tenía el peso ideal a los 25 años, ¿cuándo mejor iba a tenerlo? (Con el relato desarrollado antes justifico mi decisión).

Cuando visité a la dietista pesaba exactamente 57,3 kg. y vi que lo único que estaba haciendo bien era beber 1?5 de agua al día. Mira qué suerte, ¡una cosa menos tenía por aprender! Sin embargo, el propósito traía consigo un plan de ataque por el que muchas cosas que antes compraba (o malgastaba el dinero) no las he vuelto a ver en mi carrito de la compra, ¡ojo!, sin por ello pasar hambre. Descubrí los yogures y quesos desnatados (0% materia grasa) que tienen muy parecidos sabores, los biscottes integrales, las sacarinas y, ¡quién se lo iba a decir a mi madre!, los tés y las infusiones, esos que tanto odiaba y que, con un buen sabor, son ahora otra opción para el momento del café. Dentro de los alimentos ?permitidos? escogía según mis gustos. Judías verdes sí, coliflor no, cardos sí? En carnes y pescados igual: merluza sí, salmón no? Aprendí a prescindir de la traicionera patata que, de las mil formas posibles de cocinarla, las comería siempre de primero, segundo y postre. Entre horas comía una pieza de fruta. Pero además de todo esto había otras formas de cocinar empleando el mismo tiempo y la mente se me abrió a la plancha y las cocciones. En un mes, con navidades de por medio y comiendo lo que me apeteció, alcancé mi peso ideal llegando a pesar 53,7 kg.

El trabajo no se acaba aquí, ahora toca mantenerse incorporando poco a poco los caprichos que de vez en cuando merecen el cuerpo y el paladar por salubridad, y hacer ejercicio diario (otro hábito que estoy recuperando). Pero lo que me interesa de todo esto es la satisfacción de ver la fuerza de voluntad en una misma para conseguir un propósito, que algo que parecía imposible pasa a ser posible, corregir malas costumbres cuando eres mayor, vencer a las enemigas Gula y Ansiedad que no necesitamos para nada, y en definitiva reeducar a la mente para comer bien.

P.D. A quienes tengan preocupaciones de sobrepeso: esto es real.

TAGS    PATATA SALMÓN MERLUZA PESCADO CAFÉ




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Conchi de Miguel

Periodista y riojana




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