Cocinero en Serie. Capítulo I (1ª entrega)


08-01-2001    |   


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Pere había estado fregando platos toda su vida, por eso la prejubilación le pilló por sorpresa. Sin familia y sin empleo vio ante sí un futuro más gris que el agua de la pica después de un servicio ajetreado. Afortunadamente dio con el pasatiempo adecuado, coleccionaría cocineros...
Un descenso a los infiernos con fuegos a gas y extractores de humos...


CAPÍTULO I
La escogió al azar de entre todas las mujeres que abarrotaban el mercado. A lo mejor fue por el rosa chillón de su carrito o quizás por el martilleo frenético de sus tacones golpeando el suelo. Lo importante era que ya tenía una víctima y cómo era la primera le hacía una especial ilusión.

Antes, pero, necesitaba conocerla un poco, ver que hacía, cómo se movía y con quien vivía, intimar desde la distancia para poder actuar en consecuencia y coherencia.

Observó su recorrido por las paradas del mercado, no era joven pero se movía bien y rápido entre el gentío y los comestibles olores de los tenderos, una típica mujer del barrio, justo lo que Pere necesitaba.

No quería acercarse mucho, pues tenía previsto seguirla durante una semana, siete días para determinar si era digna del final que la esperaba, aunque esa mujer de cincuenta y pocos años tenía casi todos los números de la lotería.

La inexperiencia, los nervios y la emoción le llevaron hasta medio metro de ella, la mujer no reparó en él, estaba demasiado ocupada quejándose al pescadero por el precio de la lubina, afortunadamente era viernes y dos amas de casa se le colaron descaradamente y marcaron una distancia prudencial entre presa y cazador.

Una lechuga, una cola de rape y dos kilos de patatas después, la señora decidió volver a casa para preparar el almuerzo sin sospechar que un hombrecillo de sesenta años la seguiría.

A Pere siempre le había gustado hacer el espía y disfrutaba como un niño siguiendo la marcha trepidante del carrito.

Si el barrio era humilde, el bloque dónde vivían aún lo era más, humilde pero limpio, igual que ella. Allí la vio desaparecer, detrás de la puerta metálica de aquél gigante de quince pisos. Entrar con ella y subir juntos en el ascensor hubiese complicado las cosas, los escasos rayos de sol que superaban los rascacielos y se estrellaban en el cristal de la puerta no le dejaron distinguir si cogía el correo, Pere no se inquietó, saber donde vivía y con quién era una cuestión de tiempo y, de tiempo, no le faltaba porque lo acababan de jubilar.

ilustración: Diego Mateos

Era casi la hora de comer y decidió instalarse en el bar que había al lado, desde allí controlaría perfectamente la puerta y nadie sospecharía de un jubilado que mataba las horas lentamente tomado algún quinto y mientras esperaba el menú a 995 pesetas.

Rita no tenía un buen día, la noche anterior había discutido con José, o mejor dicho, José decidió discutir con ella, era una historia que se repetía día si, día no, por alguna razón que ella, a pesar de los treinta años de matrimonio, desconocía. Siempre sin un motivo aparente, después de cenar, José se enfadaba solo y entonces empezaba a gritar.

Rita hubiese querido que José fuese alcohólico y poder culpar a la bebida de esas palizas, pero él no bebía, tenía la teoría que un taxista debía estar siempre a punto para una carrera inesperada, Rita sabia que no existían, pero su marido disfrutaba pensando que siempre estaba de servicio y que en cualquier momento podía convertirse en imprescindible para su jefe, aunque normalmente lo tratase a patadas. José esperaba su momento de gloria en el trabajo pero a pocos años de la jubilación la cosa estaba francamente complicada.

Cuando el único hijo que tenían decidió independizarse, Rita vio cómo su marido se volvía cada vez más amargo, más triste y, lo que era peor, violento.
Siempre recordaría la primera bofetada, no se la esperaba y realmente no le hizo mucho daño, pero llevaba incorporada una terrible ola de miedo que nunca jamás la abandonaría...



Continuará...

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Jordi Gimeno




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