COCINERO EN SERIE (CAPÍTULO III, 1ª ENTREGA)


24-08-2001    |   


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Pere se largó de la escena del crimen sin saber si la víctima, el estudiante de hosteleria, había muerto; aunque el brutal choque de la moto contra el árbol dejaba muy poco margen a la vida.El capítulo anterior nos transportó hasta la juventud de Pere, cuando consiguió su primer trabajo de friegaplatos en el céntrico ?Café Astoria?. De nuevo en el presente, Pere se dispone a escoger una nueva presa.



Todos los periódicos del lunes dedicaron unas frases al accidente mortal, lo achacaban a una mezcla desmesurada de alcohol, drogas y velocidad. Era el segundo asesinato, y el segundo que salía bien, casi perfecto. Pero no se daría mucho tiempo para disfrutarlo, ahora tenía que ir a una agencia de viajes e informarse sobre el programa de vacaciones para gente mayor. Esta vez dejaría que un ordenador escogiese el hotel y la víctima.

La jovencita de la tienda fue muy amable, aunque era de las que pensaba que todos los viejos eran sordos y que no entendían una explicación a la primera, o sea que gritaba demasiado y repetía cada frase un par de veces. Le comentó que a mitad de mayo terminaban todas las estancias subvencionadas por el estado o sea que debía darse prisa en decidir a dónde y cuándo quería ir. Le daba una cierta pereza coger el avión hasta cualquier isla y se decantó por una gran villa turística que estaba a tan sólo una hora de la ciudad. Al fin y al cabo no iba a ir por placer, y lo mejor era que nada nuevo ni exótico le distrajese. Contrató el paquete de una semana de hotel a pensión completa, con ida y vuelta en autocar y un par de visitas guiadas a las que no pensaba asistir. No dudó en pagar el suplemento para disponer de una habitación individual, lo último que necesitaba era a un viudo con ganas de marcha en la cama de al lado. Saldrían durante el puente del primero de mayo, pero ya estaba impaciente.

No le dijo nada a la dueña de la pensión, ni se lo comentó a Marina. Cualquier precaución era poca con la gente que le rodeaba. Sólo el día antes de partir, le dijo a su mejor amiga que iba a pasar unos días en casa de su hermana, que habían hecho las paces. Pere se sintió fatal al ver la cara de felicidad de Marina, los ojos le brillaban como nunca y por primera vez le dio un beso en la mejilla. Pere se tranquilizó a sí mismo pensando que era una mentira piadosa e inevitable.

Al día siguiente, al llegar al autocar y ver el panorama tuvo ganas de huir; un centenar de ancianos ocupaban toda la cera de la céntrica calle, no muy lejos de su querido ?Café Astoria?. A pesar de que eran las siete de la mañana, esos dinosaurios con insomnio crónico armaban un alboroto que despertaba a todos los vecinos. Tres jóvenes, dos chicas y un chico, trataban sin demasiado éxito que los viejos entrasen en el autocar, pero ellos tenían aún muchas preguntas pendientes, cuestiones sobre las dietas, horarios, cajas fuertes y sin respuesta no iban a subir.

Muy discretamente, Pere entregó su billete a la chica más atractiva, entró sin saludar, se sentó y deseó que nadie se sentase a su lado. No pasaron ni cinco minutos que otro solitario se plantó enfrente; era un tipo con una enorme barriga que le preguntaba si ese asiento estaba ocupado. Era evidente que no, el autocar estaba medio vacío. Pere ya tenía compañero para un viaje que iba a ser corto, aún así tuvieron que parar hasta cinco veces por unos casos de incontinencia urinaria. Su vecino vio que Pere no iba a ser un gran contertulio y se enfrascó en un debate con los asientos de detrás. El griterío de esas voces frágiles aumentaba a cada kilómetro, parecía que más de una pareja ya se conocía de anteriores excursiones y no paraban de dar consejos a los debutantes.

Hacía mucho rato que Pere había optado por contemplar el exuberante paisaje de la primavera. A eso de las diez llegaron al pueblo costero, ciudad de vacaciones o lo que fuera esa multitud de rascacielos desordenados, todos con el aire destartalado de los años sesenta. Su autocar se alejó de la playa y se encaminó hacia los hoteles de la ladera; el grupo se alojaría en el ?Hotel Mar?, siete plantas de color crema teñido de humedad, una estructura cuadrada y anticuada lejos del mar, a ese lujo vetusto era lo máximo que podían esperar unos abuelos de un país que los había olvidado.

Se sintió muy afortunado de haber ido ahí por faena y no por placer y ya en la recepción empezó a imaginarse dónde estaba la cocina. Se armó de paciencia, se sentó en un sofá observó las peleas de sus compañeros por las llaves de las habitaciones. Se preguntó, sin obtener respuesta, por qué tenían tanta prisa. Media hora después sólo quedaron él y los tres exhaustos guías. Sin apenas fuerzas para mirarlo, le dieron la 243.

Al abrir la puerta tuvo una alegría, estaba mucho mejor que la pensión en la que vivía. La cama de matrimonio lo hizo feliz por un instante y lo limpio que estaba el baño acabó por ahuyentar toda duda. En cambio la comida le devolvió a al realidad, como todo el mundo, disponía de demasiado tiempo libre y bajó un poco antes de que abrieran el comedor. Y sin querer se vio inmerso en una cola impaciente. A lo lejos se veía a los camareros ultimando las mesas y maldiciendo con la mirada a toda esa multitud de la tercera edad que esperaba en la entrada. Como ovejas asustadas se lanzaron encima del bufet, Pere los dejó pasar a todos, por el olor ya adivinaba que la comida no sería gran cosa. Al cabo de veinte minutos las aguas volvieron a su cauce y Pere cogió una bandeja.

Las ensaladas parecían frescas y limpias pero a él no le gustaban demasiado. Con la calma de un examinador echó un vistazo a los platos calientes. Había ocho opciones diferentes, todas decepcionantes. Una crema de espárragos con olor a granulado industrial, una sopa minestrone que nadie se había preocupado de espumar, bechamel con canelones de fábrica y unos rollitos de jamón cocido de baja calidad con un queso dudoso. Como platos fuertes estaba el famoso pollo asado holandés, famoso por su pequeño precio y tamaño, no le interesó saber el nombre del pescado sumergido en salsa verde, como tampoco preguntó si la carne con champiñones era lo que sobró del rosbif del dia anterior. Cogió un bistec a la plancha, cuatro patatas fritas y se compuso una ensalada a su gusto.

No estaba decepcionado, era muy consciente de lo que pagaban y no podía exigir nada mejor, que con ellos el hotel apenas cubría gastos. Lo que le molestaba era el gozo con el que sus coetáneos lo devoraban todo. Se sentó en uno de los pocos sitios libres que quedaban y no habló mucho. Mientras se alimentaba, sus ojos se concentraron en las dos puertas que daban a la cocina. Una agradable mujer de impecable blanco era la encargada de que no faltase nada en el bufet. Con un carrito iba y venía intercambiando bandejas de eso que llamaban comida?


Continuará?

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Jordi Gimeno




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