Recuerdos veraniegos con lenguas de pato ( I )


07-02-2004    |   


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Un rincón de

Este precioso valle que nos acoge en nuestras familiares vacaciones es algo peculiar. Las casas se desparraman por él y cuando se agrupan algunas, 5 ó 6, se les denomina ?barrio?. El nuestro se llama ?la Portilla? y se ubica donde ya se juntan los montes y se estrecha el valle, de modo que estamos rodeados de montes verdes por todas partes. La tranquilidad es total. Creo que al día pasan tres o cuatro coches (mi cuñado dice que hay que poner un semáforo). Esto es muy bonito y fértil. Caray, si esta tierra da de todo. Es sorprendente la cantidad de árboles diferentes que crecen aquí, frutales o no, además de todo lo que los vecinos plantan en sus huertas. Nunca había visto tanto avellano junto, ni nogales, castaños, higueras, perales, manzanos?me podría tirar todo el día para nombrarlo todo.

He alquilado una casa enorme porque nos vamos a juntar muchos y aunque está en lo esencial preparada, yo me he venido cargada con mis cuchillos y algún que otro ?aparato? más, entre ellos la batidora y sus varillas con las que mi sobrino Alberto me ayuda a hacer un pastel, sin harina, de chocolate. Hemos batido muy bien media docena de huevos a los que hemos añadido 300gr de chocolate puro y fundido al baño María, 3 cucharadas de azúcar moreno, un chorreón de ron añejo, la piel rallada de œ naranja y 300gr de nata montada. Todo mezclado lo hemos puesto en un molde untado de mantequilla y metido en el horno precalentado para que, a 170º, cueza durante una hora, o hasta que supere la prueba de la aguja de calceta. Luego lo hemos emplatado y decorado con canela en polvo, chocolate en virutillas y algunas gotas de ese invento nuevo que es la leche condensada con sabor a café.




Dicen que en este valle pasan sus vacaciones familias de la alta sociedad vasca y madrileña (no es nuestro caso, somos de Vallecas) y está lleno de grandes, enormes casas solariegas y chalets. Y debe ser cierto pues todos los coches son casi exclusivamente de superlujo. O eso, o los regalan con las magdalenas. Lástima que nos gusten más los sobaos*. ¿Quién decía que el ?jaguar? estaba en extinción?

El pueblo es más bien soso. En los cuatro o cinco bares que hay no se puede tomar ni una mala tapa. Alberto, mi madre y yo (la primera semana estamos sólo nosotros tres), nos jugamos a las cartas quién paga las cañitas y las tapas de la tarde, pero, leche, no hay en qué. Para una vez que gano siempre, joé.
Los dos supermercados son muy caros y no hay pescado ni carne fresca. Hay una diminuta carnicería, tan pequeña que las señoras hacemos cola en la calle, y, como es de esperar de tan pequeño espacio, apenas vende variedad. Como no tenemos coche hacemos la compra del pescado en Laredo que dista 5 Km, pero tenemos que llamar a un taxi para que venga a buscarnos o bien esperar a los varios pescaderos que se acercan por casa. Estos señores llegan en furgonetas refrigeradas y para que el vecindario sepa que están ahí llevan musiquilla que hacen oír a toda mecha por la megafonía. Uno siempre lleva ?mariachis? y es un borde. Nos gusta más el ?Antonio Molina? que es simpaticón, anuncia su llegada con la música de este cantante, su favorito, y siempre nos regala con unas estrofas de la canción de turno, cantadas por él mismo, y con un ?bueno niñas? a mi madre y a mí cuando se despide. Aunque variedad, poca lleva, la verdad.



De mi casa de Galicia echo de menos ese ambientillo de película del oeste ?americano, se entiende- cuando llego del mercado. Aquellas en que alguien ?alguna, mejor dicho- se ponía de parto y todo quisqui gritaba: ¡poned agua a hervir y traed trapos limpios! Clavaíto a cuando entramos a tropel en mi cocina gallega después de hacer la compra de marisco vivo y lo primerito que hago es poner el agua para las nécoras, corre que te corre. Joé, aquí no las encuentro con la misma facilidad, y me empiezan a temblar la manos. Además de que hay poca variedad de pescados para estar en plena costa.

Hoy traigo dos chicharros hermosos que haré a la parrilla esta noche. Llegarán de Madrid Mar y la niña, Angel y Binbin, el hijo de mis vecinos chinos y además del pescado hemos traído panceta.
Alberto y yo recorremos las carreteras del pueblo, en bicicleta, para recoger flores silvestres y hemos decorado toda la casa con ellas. Casi nos da un pasmo porque hace un calor del copón, pero queremos que todo esté precioso cuando lleguen los demás, sus padres y hermano incluidos.

Ya estamos todos, los doce, y la casa es una explosión de? de ruido, joé, y de trastos por todas partes. Pero lo pasamos en grande y reímos sin parar. Eso sí, no hay quien eche una siestecita con este suelo de tablas por el que se oye todo. Y si cierras la puerta del dormitorio, al pasar alguien por el pasillo pisa justo la tabla que la abre, y estás en las mismas. Hay quien opta por ponerse morado de vermú y así caer como un tronco. Pues mira, es una solución.
BinBin ha traído lenguas de pato, su madre sabe que me gustan mucho, y ambos nos pasamos todo el día rumiando lengüitas. Su carne está curada y el sabor recuerda al del jamón. Se han de rehidratar haciéndolas al vapor para que queden blanditas. Me pirran.


Todos juntos, en este par de días últimos, hemos ido a la playa y la que primero hemos visitado ha sido la de Oriñón, un gran arenal con la marea baja en el que se celebra una tradicional carrera de caballos. Pero está prohibido la entrada con perros (mejor, a ninguno de los tres nos gusta la playa) así que me quedo durante el par de horas, en las que los demás disfrutan del mar y toman el sol, en la terraza de un restaurante junto con Anita y Gómez, mis dos perretes. A mí, sinceramente, me apetece más tomarme un par de cervecitas y unas gildas (pinchos de anchoa, guindilla dulce y aceituna), leer la prensa y estar a la sombrita ya que es increíble el calor que está haciendo este verano. Ni aquí nos hemos librado. Hay tanta sequía que tenemos corte de agua por la noche. No me lo puedo creer, en la España húmeda y sin agua.

Aquí no están preparados para este calor. He visitado varias pescaderías y comprado pescado, incluso en la lonja, y la frescura de las piezas no es la esperada para un pueblo costero. En todas las tiendas hace un calor sofocante y el pescado no está lo suficientemente refrigerado. No está sobre hielo más que en una de ellas.

Ayer de mañana hubo un mercadillo popular en la plaza del pueblo organizado por la asociación femenina de Liendo. Las señoras ofrecieron a la venta primorosos cuadritos hechos con flores secas, y labores por el estilo, pero ninguna de aguja, eso es mucho curro y se paga muy mal. Más bien piedras pintadas con florecitas; tablas pintadas con florecitas, y un amplio y empalagoso surtido por el estilo, con florecitas.

Pero, ay qué bien, también acudieron señoras vendiendo productos de sus huertas. Por ejemplo unos pimientos choriceros magníficos con los que voy a hacer un marmitako en cuanto me haga con una rueda de bonito.
Entre las muchas verduras que este valle produce -es fertilísimo- y que las mujeres ofrecen, me dejo seducir por unos preciosos pimientos del piquillo frescos. La señora que los vende se ha ocupado de ofrecer su género expuesto bien bonito con canastos recubiertos de hojas de higuera, y el verde de éstas en contraste con el rojo de los pimientos llama poderosamente la atención. Compré un kilo que ya he asado y pelado y que voy a rellenar con langostinos y shiitakes (seta china), ambos crudos y troceados. Haré una salsa con dos kilos de cebolla, bien pochada a fuego lento hasta que se dore, y tinta de calamar. La pasaré por la batidora y dentro de ella, de la salsa, pondré los pimientos rellenos a hervir suavemente durante unos diez minutos.
Lo más jodío de estos pimientos es que hay que pelarlos y conseguir que te queden enteritos para su posterior relleno. De los quince que tenía me he cargado tres que servirán para colorear alguna ensalada, dar sabor y color a una mayonesa o bien, batido en una vinagreta para aliñar una ensalada de pasta, arroz o patata.



Volviendo al mercadillo. Se nos fueron los ojos detrás de unos pequeños quesos frescos de leche de vaca que una señora vendía. Tanto, que no pudimos resistirnos a llevar uno. Lo hemos comido, Mar (¿os acordáis de aquella amiga que trabaja de marinera en un barco en el Caribe?) y yo en el desayuno con una pizca de mermelada de melocotón y nos lo hemos ventilado enterito. Cosa rica, oiga. Y mira que yo a los lácteos no les tengo demasiada afición, pero aquí están todos deliciosos. Tanto nos ha gustado el quesuco que no he parado hasta dar con la casa en la que vive la señora que los elabora. Pero, lástima, sólo los hace para esta feria, una vez al año. ¿Y ahora que hago yo, que estoy enganchaíta toa?

¡Ahhhhh, qué bien! He encontrado un quesuco fresco de la casa ?Las Garmillas? y podré seguir alimentando mi nuevo vicio. Al que hay que sumar el flan de queso de ?La Ermita? y los yogures ?Bien Aparecida?. El de avellanas picaditas, mi preferido. Por lo menos no me acuerdo de las nécoras y sus ?amiguitos?.

Esta mañana ha pasado el pescadero, ese tan simpático y cantaor, y sólo traía grandes bonitos a vender por piezas. Un vecino ?tan simpático como todos- y yo, nos hemos quedado algo desilusionados ya que no nos apañaba nada tanto bicho. Pero como aquí mi menda no tiene vergüenza (sí que la tengo, pero virgen) le he propuesto comprar a medias y el hombre se ha ido tan contento con su medio pez bajo el brazo y aquí la nena, ídem. Ha caído, hecho rodajas, a la plancha y regado luego con una salsita a base de ajos fritos, perejil y un buen chorreón de vinagre de Jerez. Hasta mi cuñado, que jamás lo había comido antes, le está cogiendo afición. El marmitako también le encantó, al jodío.

De primero he puesto unas verduras al curry: judías verdes de la huerta de al lado (regalo de un vecino y que aquí llaman ?vainas?); puerro en ruedas gruesas; espárragos verdes troceados; cebolla en plumas; alcachofas en cuartos y champiñón troceado. Se hace en una cacerola que cierre bien, se introducen todas las verduras a la vez y se dejan hacer sin añadir ningún líquido. Se sala al principio, se le pone un cucharadita de curry en polvo y unas vueltas de pimienta del molinillo.

Durante todo este mes de agosto, y parte del que viene, hay fiestas en el valle. Se celebran en honor de Vírgenes y santos variados y siempre en fin de semana. ¿Qué sería de estos pueblitos sin santoral? Un aburrimiento, fijo. Nosotros, para no ser menos, nos hemos ido a echar unos bailes a casi todas las fiestas, además de apuntarnos una noche a cenar los chorizos, con pan y vino, que los barrios regalan por el mismo motivo. Los chicos son los que no se pierden ni una y tienen a todas las chicas locas. Los conocen como ?los rubios y el chino? (Binbin es el único en kilómetros a la redonda) porque les he teñido el pelo y están de guapos...

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Marisa Beato




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