Cocinero en serie (Último capítulo, 3ª entrega)


15-12-2002    |   


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La espiral de muertes toca a su fin. La última víctima ha sido un filipino que trabajaba como friegaplatos en un restaurante temático americano situado en las antiguas paredes del Café Astoria, el local donde Pere empezó a trabajar. La muerte más simbólica para un final cada vez más cercano. Ya sólo falta uno



Con la quinta víctima oficial, el cocinero en serie, apodo periodístico que a Pere le encantaba, fue la sensación de ese verano tan pobre en noticias. Al viejo asesino le gustaba mucho la atención que le dedicaban los medios de comunicación, pero sabía perfectamente que cada línea escrita, cada comentario radiofónico y cada minuto de televisión aumentaban la presión y el número de policías destinados al caso. Notaba el aliento de sus depredadores en la nuca y un sólo error podría ser fatal. Pero faltaba uno, la guinda del pastel perfecto. Si todo acababa bien.

Adoraba todo ese revuelo en las fuerzas de seguridad y ver que él solito se había bastado para interrumpir las vacaciones de todos los mandos que, a pesar del moreno de sus pieles, afirmaban que trabajaban a destajo y que el final estaba cerca, tan cerca que pedían la colaboración de toda la ciudadanía para atrapar a ese loco asesino del paladar.

Pere echaría de menos esa tensa emoción de ese último año. Segando vidas se había sentido más vivo que nunca. Si algo fallaba, como un castillo de naipes, todo se vendría abajo y ya podía empezar a buscar un sitio donde colgarse en la misma comisaría, en los juzgados o esperar hasta la cárcel, pero nada de eso pasaría y esfumó esos pensamientos de su mente. Sólo faltaba un esfuerzo más y después el círculo se cerraría sobre sí mismo. Una vida más y obtendría la paz con él mismo y el mundo. De momento podía arreglar los asuntos pendientes con las dos mujeres de su vida.

Con la muerte de Edmundo, la prensa se había lanzado de forma descarnada a denunciar la incompetencia de la policía. Pol, desde su rincón, reía sin querer. El asunto había terminado salpicando al jefe de gobierno del país que, sin entrar al trapo, últimamente no paraba de inaugurar comisarías. Los adversarios políticos aprovecharon las muertes para denunciar la falta de efectivos y la poca preparación de los que había. Se pedían cabezas pero, como siempre, no pasó nada.

Pol estaba convencido, sin saber porqué, de que el caso para ya estaría muerto para septiembre. Pensaba que el asesino iba cada vez más rápido porque tenía prisa por terminar esa frenética carrera contra el mundo. Si llegaba a la meta no lo pillarían nunca. El policía miraba una y otra vez el retrato-robot que le había hecho una viajera del metro que se cruzó con él y la taquillera del metro que lo vio de pasada. El dibujo no era muy bueno y lo único que consiguieron fue un rostro inexpresivo y común que sólo les trajo malentendidos y falsos culpables. Incluso con esa falta de definición de rasgos, su cara le resultaba extrañamente familiar, por alguna razón le venían a la mente los tiempos en la universidad, pero allí se bloqueaba porque se cruzaba, inundándolo todo, la sonrisa juvenil de Natalia. Y siguió mirando el retrato, horas y horas, como si esperase a que hablara.

Pero no habló y la policía siguió teniendo, sólo dos viejos cuchillos y una cara que no llevaba a ninguna parte. Pol no sabía por qué se calentaba tanto la cabeza si le habían dicho demasiadas veces que se centrase sólo en repasar las falsas pistas del asesinato en el Hotel Mar, y que diariamente enviase los resultados a la central, donde el equipo del inspector supremo los mandaría a la papelera. Parecía como si le hubiesen prohibido pensar, por lo tanto, estiró las piernas. Reclinó un poco la silla y se puso a recordar a Natalia. Ya no se hacía ilusiones de recuperarla, ni tampoco se veía capaz de construir una nueva amistad con ella, pero al menos sus recuerdos iban mejorando y cada vez eran más dulces, como un helado cremoso fundiéndose en la lengua pero con un sabor que se impregnaba para siempre al paladar de los sentimientos. Indudablemente, los años con ella habían sido los mejores de su vida mediocre y llena de miedos, y así lo testimoniaba ese Roc adorable al que veía siempre que quería. Pensó en sus suegros, a lo mejor tenían razón, y él era demasiada poca cosa para Natalia. Ella fue un regalo excepcional con fecha de caducidad. Cerró los ojos y le mandó un beso que ella nunca recibiría.

Continuará...

TAGS    CAFÉ TINTO DE VERANO




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Jordi Gimeno




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