Medio siglo sin el Ché con reminiscencias de una sopa de maní


11-10-2017    |   


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n estos días se cumple el medio siglo de la muerte de Ernesto Guevara de la Serna, “Ché”, en La Higuera, un pequeño pueblo de la provincia boliviana de Vallegrande, Departamento de Santa Cruz. Se fue de la vida con dignidad, gritándole “gusano come-mierda del imperialismo” al funcionario cubano de la CIA que golpeaba su cuerpo casi inerme, y con el buen sabor de boca de una sopa de maní que unas manos piadosas habían acercado a su boca instante antes de la hora final.

Al Ché, como a casi todo argentino, le gustaba el asado a la parrilla, que él mismo preparaba primorosamente, y la bagna cauda, un plato típico de su provincia, Rosario, de origen italiano, parecido a la fondue, a base de anchoas, ajo, mantequilla y huevo, servido con pan o verduras en forma de brochetas. Pero también le encantaba el ceviche peruano y el chivito, sandwich uruguayo desmedido a base de pan, carne de vacuno, huevo, queso, panceta, pimiento, aceitunas, jamón, lechuga y tomate. 


Claro que no era exactamente un gourmet. A sus compañeros de lucha revolucionaria solía decirles: "Para  el  desayuno  tendremos soldados enemigos, para el almuerzo, aviones, y para la cena, tanques”. Consideraba Ernesto que para el guerrillero y durante la guerra, no hay  mayor martirio que una comida seca, fría e insípida: “El  guerrillero come  cuando puede y lo que haya.  A veces come mucho, pero en  otras, pasan dos o tres días  sin siquiera ver el alimento, aunque su carga física no disminuye en absoluto".  Decía que el combatiente revolucionario debe siempre llevar consigo una reserva intocable de productos: la carne, el aceite o la grasa, vegetal o animal, y conservas, que deben ser consumidas cuando no hay nada con qué preparar alimentos. Entre estas consideraba esencial las de pescado por sus  elevados valores nutricionales y las de leche condensada, según él producto sabroso y valioso, por alto contenido en azúcar, porque, decía, el azúcar y  la sal son imprescindibles en la mochila del guerrillero.  Recomendaba a sus compañeros construir pequeños sistemas de evaporación del agua de mar para obtener sal. Y añadía que no era malo tener consigo algunos aderezos para los alimentos, sobre todo cebolla y ajo. En definitiva, consideraba productos básicos carne, sal, algunas verduras, tubérculos y cereales. En algunos lugares podría ser la malanga, un tubérculo comestible, en otros choclos/maíz o patatas.


Su diario boliviano de los últimos días escribió: “Los cazadores mataron a dos monos, un papagayo y una paloma, los que comimos”.  Un par de semanas más tarde, en esa misma libreta  se podía leer: “Decidimos comernos un caballo”. Lo último que comió aquel 8 de octubre de 1967 en la escuela de Higuera fue una sopa de maní que le llevó la madre de la profesora, Ninfa Arteaga. El Ché tomó varias cucharadas y se interesó por la receta. Ninfa le dijo: “… según las ocasiones: almuerzo de maní o chupe o crema sobre un hervido en olla destapada, con carne de gallina o bien de vaca, a veces con zanahoria, con arvejas, con camarón o brócoli, y como bendición: perejilcito”.



Probablemente a esa misma hora en el teléfono presidencial del Palacio Quemado en La Paz, el tirano René Barrientos escuchaba la voz de un funcionario de Whashington transmitiéndole un mensaje extremadamente escueto: “Saluden a papa”. Y la muerte pisó la huerta de la escuela de La Higuera. Hace ya cincuenta años. Cómo pasa el tiempo.

 

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Miguel Ángel Almodóvar

Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía




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