La aventura madrileña de Casanova, gastronomía y pecado mortal


31-01-2017    |   


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El caballero veneciano Giacomo Girolano Casanova, escritor, bibliotecario, diplomático y agente secreto, ganó en su tiempo cuantiosa fama de seductor gracias a las numerosísimas aventuras y lances amorosos que se le atribuían y que él mismo se encargaba de magnificar, al punto de que su apellido ha pasado a la historia y al lenguaje popular como adjetivo que define a los varones capaces de rendir la voluntad de las damas, abocándolas al lecho y al grato conocimiento bíblico. Junto a esa capacidad para la conquista galante, Casanova es conocido en el imaginario colectivo como un refinado gourmet y un gran especialista en dietética afrodisiaca. Se le supone inventor de un vinagre especial para sazonar huevos duros y anchoas, fue reputado amante de productos tan exóticos como las setas de Génova o el paté blanco del Ródano, y apóstol de algunos excitantes y favorecedores de los placeres de Venus, como el chocolate espumoso, las trufas, las ostras, el champagne y el marrasquino, licor dálmata-italiano a base de cerezas marrascas, azúcar almendras y miel.




Con todo, a lo largo de los miles de páginas de memorias que conforman los dos voluminosos tomos de su Histoire de ma vie, sólo hay una referencia concreta y específica a un plato que verdaderamente le entusiasmara y ese fue bocado que probó en la capital de la España de Carlos III.

Casanova llegó a Madrid en 1767, tras ser expulsado de Austria y Francia, y en la Villa disfrutó y no tanto de dos residencias: la cárcel del Buen Retiro, a donde fueron a dar sus huesos tras torticera denuncia por posesión de armas de fuego, y, ya las cosas más calmadas, la Fonda de la Cruz en la calle de la Cruz, cercana a la calle del Rosal, que sería engullida por la Gran Vía a principios del siglo XX, donde se erguía la Casa del Pecado Mortal, un desairado inmueble propiedad de la Santa y Real Hermandad de María Santísima de la Esperanza y el Santo Zelo en la Salvación de las Almas, que servía de acogida y refugio para jóvenes descarriadas de vida disoluta, entre las que el impenitente seductor parece que encontró a la misteriosa “dama duende” que menciona en sus escritos.



Volviendo al plato madrileño que deslumbra al aventurero y que cita alborozado en sus memorias, este no es otro que las criadillas o turmas de toro y de cordero, testículos de ambos rumiantes que él conocía en receta francesa à la crème o en fricasé, y que en Los Madriles preparaban entonces con un simple pero muy resultón rebozado. Con el buen gusto de aquel bocado y tras haberse hecho bastante impertinente a la Corte por sus denuestos contra el imperante clericalismo y las mordaces críticas a la Repoblación de Sierra Morena pergeñada por Pablo de Olavide, marchó a Barcelona, donde pasaría 42 días en la cárcel por un amoroso affaire con la esposa del Capitán General del ejército en la zona. Corría el año de gracia de 1768 y aún le quedaban tres décadas de desaforamiento vital y sonadas cuchipandas.



TAGS    historia de la cocina GIACOMO CASANOVA CRIADILLAS




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Miguel Ángel Almodóvar

Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía




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