A las dos en José Luis y a la noche en Estoril


03-01-2017    |   


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Don Juan de Borbón y Battemberg, tercer hijo varón de Alfonso XIII y a pesar de ello y por circunstancias heredero en su día de los derechos dinásticos de la Casa Real Española, se instaló en Estoril en 1949, tras varios erráticos movimientos de acercamiento y distanciamiento del franquismo. Allí instaló su mini Corte personal en forma de Consejo Privado y allí sirvió de faro o guía para las distintas monarquías desterradas en media Europa, junto a sus correspondientes noblezas, siempre bajo el manto protector del siniestro dictador Antonio Oliveira Salazar y el amparo crematístico de la familia bancaria Espíritu Santo. Poco a poco, en el triángulo Estoril, Cascais y Sintra se fueron instalando las cortes búlgaras, rumanas y húngaras, en compaña de los Orleans, Saboya o Habsburgo. Entre toda aquella nobilísima turbamulta y el decir del rey Simeón de Bulgaria, Don Juan era el pilar y la clave.

 

 

Sostenía el marqués de Munt, miembro de aquel Consejo Privado en la imaginación de Manuel Vázquez Montalbán, que lo único grato que recordaba de aquellas tediosísimas reuniones, aderezadas de plasta con inacabables peroratas de José María Pemán, era la bebida que le había enseñado a amar el Conde: una copa de buen Oporto con un cubito de hielo y una rodaja de limón. Sostiene también el ficcionado marqués que hasta el habitualmente parco José María de Areilza, conde consorte de Motrico, no escatimaba elogios y parabienes al brebaje. Sin embargo, tal dipsómana afición debió, de existir, limitarse al ámbito geográfico de Estoril y más concretamente a los salones de su residencia, Villa Giralda, porque lo cierto y verdad es que en Madrid y en sus recaladas por José Luis, a eso de las casi mismas horas en las que lo hacía la muchacha típica de Serrat, lo que bebía con delectación singular era el Dry Martini que le preparaba su buen amigo el grandísimo hostelero José Luis Ruiz Solaguren. Espléndidos se hacían entonces en el local y espléndidos los hace ahora el equipo del sucesor, César Ruiz Madroño, uno de los cinco hijos del fundador.

 

 

 

La cosa es que el Dry Martini siempre ha tenido su “cosa” y una mitomanía que quizá empieza a asentarse en el momento en el que Franklin Delano Roosevelt oficializaba su mandato presidencial preparándose y trasegándose uno en la Casa Blanca, para celebrar la abolición de la Ley Seca. El trago le debió de resultar tan grato que en la Conferencia de Teherán de 1943, mientras Churchill se fumaba un puro, se empeñó en prepararle uno con mimo a Iósif Stalin, un auténtico patán a quien no se le ocurrió más comentario que considerar aquel cóctel como el que más enfriaba el estómago de cuantos había probado. Su sucesor, Nikita Serguéievich Jruschov no le fue a la zaga en zafiedad y terminó de arreglarlo diciendo que el Dry Martini era: “… la más letal de las armas estadounidenses”.

 

TAGS    MARTINI historia de la cocina




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Miguel Ángel Almodóvar

Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía




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