Antropofagia: rito pagano o hambre extrema


15-10-2007    |   


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Para comprender de manera precisa el complejo asunto de la antropofagia, es conveniente tener cabal conocimiento del significado de algunas palabras. Se define este término como la acción de comer seres humanos, y deriva de los vocablos griegos antropos=hombre, y fagos=comer. ?Es el acto de incluir carne u otros tejidos (excepto sangre, en cuyo caso se habla de hematofagia, palabra formada por las voces hematos=sangre, y fagos=comer) de seres humanos en la dieta?. El tigre de Bengala, el león, el leopardo, el tiburón blanco y el oso son animales antropófagos, ya que en ocasiones se alimentan de personas. Incluso se ha dicho que ?en el caso de los dos primeros- cuando prueban la carne humana quedan ?cebados?, y buscan la manera de seguir alimentándose de este tipo de comida, dejando de lado la ingesta de otros de los animales que constituyen habitualmente su dieta cotidiana.

El vocablo pagano proviene del latín paganus, voz derivada de pagis, pagus, que denota, desde hace por lo menos veinte siglos, el espacio ubicado fuera de las ciudades. Designa, de una manera literal, al habitante de los pueblos, aquellos que no moraban en las urbes, es decir a los campesinos, quienes vivían en pequeños villorrios. Se ha querido ver en la palabra pagano ciertas raíces milenarias del culto que realizaban los primitivos pobladores de los espacios rurales alejados de las ciudades, sitios éstos donde se rendía culto tutelar a las deidades que el imperio romano aceptaba como las únicas dignas de veneración.

En la noche de los tiempos, cuando se gestaron los relatos que posteriormente darían forma a diversas mitologías, comenzaron a tener vigencia aquellas narraciones que, a pesar de parecernos ahora inverosímiles, bien pudiera ser que guardaran algún fondo de veracidad. En la mitología helénica figura Cronos (en la romana su equivalente es Saturno), el dios del Tiempo -el más joven de los Titanes, hijo de Urano, el Cielo, y de Gea, la Tierra-, a quien el oráculo le profetizó que sería destronado por sus hijos, ya que él había dado muerte a su progenitor, para despojarlo del gobierno del Universo.

Para burlarse de ese vaticinio decidió comerse a sus propios hijos, en el momento en que su esposa Rea los diese a luz. De esta manera devoró a Hestia, Deméter, Hera, Poseidón y Hades. Cuando su mujer se cansó de ese canibalismo, al dar a luz a Zeus le entregó a Cronos una piedra envuelta en un lienzo, salvando de esta manera a su último hijo. Zeus destronó a su padre, y antes de matarlo hizo que vomitase vivos a sus cinco hermanos.

Diversos relatos mitológicos hacen, igualmente, referencia a la antropofagia. En el Laberinto, (un tortuoso recinto construido por el arquitecto Dédalo, en el Palacio de Cnosos, en la isla de Creta) estaba encerrado el Minotauro, que era un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, el cual se alimentaba de seres humanos. El héroe griego Teseo ingresó en ese lugar y mató a tan terrible bestia. Luego, sirviéndose de un hilo que le había dado Ariadna, pudo salir de esos intrincados rincones. Otra gesta legendaria, la que hace referencia a Hércules, describe que dos de los doce trabajos que llevó al cabo consistieron en matar a dos clases de animales que eran antropófagos, pues se alimentaban de seres humanos. En un caso mató a las 4 yeguas del rey Diomedes, y en el otro a las aves que moraban en el Lago Estinfalo.

Otra clase de aves de rapiña, que de acuerdo a la leyenda solían comer seres humanos, estaba dada por la Sirenas. Antes de ser consideradas míticas criaturas mitad pez y mitad mujer, eran tenidas por aves marinas cuyo melodioso canto hacía que los marinos perdiesen el control de las embarcaciones a vela, en las que navegaban, y se estrellasen en los acantilados costeros. Allí quedan a merced de esas aves depredadoras, las cuales mataban y comían seres humanos, en una clara alusión a las costumbres antropofágicas que privaban en aquellos remotísimos tiempos.

El vocablo antropofagia fue utilizado por varios escritores de la antigüedad. Herodoto (484-425 AC), Aristóteles (384-322 AC) y Plutarco (50-120 DC) se ocuparon de este asunto, lo que a juicio de varios investigadores es señal inequívoca de las ancestrales costumbres que privaban en aquellos lugares de la parte oriental de Europa, que de ninguna manera podrían quedar incluidos en el término ?pueblos primitivos?.

La palabra que mejor define, a mi parecer, el hecho de unos seres humanos coman a sus semejantes es canibalismo, definida por el Diccionario de la Lengua Española como la ?costumbre de comer carne de seres de la propia especie, sobre todo por parte de los hombres?. El término canibalismo es muy parecido en diversos idiomas europeos. En lengua francesa es cannibalisme. En italiano es cannibalismo. En el idioma portugués es canibalismo, y los países anglofónos se habla de cannibalism.

A este respecto Clara Tahoces escribió lo siguiente: ?La práctica del canibalismo se pierde en la noche de los tiempos. Desde luego, existía mucho antes de que los españoles arribaran al Caribe, y la raíz de este término fuese desvirtuada: carib-calib-canib = caníbales. Esta práctica se ha consumado desde hace más de medio millón de años, y en lugares muy dispares. Investigadores como Loeb afirman que el canibalismo era muy frecuente en África central, mientras que en la parte occidental del continente la ingestión de carne humana iba, además, precedida de sacrificios rituales. Y es que antaño existían dos motivos por los que un ser humano decidía comerse a otro: por hambre (en los pueblos más primitivos) o como consecuencia de un ritual (pueblos más avanzados)?.

Esa autora agrega que ?en el transcurso de la Historia el hombre blanco se ha creído superior en muchos aspectos a otras razas. Ha pensado que podía introducirse en otras culturas y arrasar con todo aquello que se interpusiese en su camino. Pero a veces, parece que quien juega con fuego termina por quemarse. Esto fue lo que les sucedió a cuatro reporteros estadounidenses que decidieron internarse en los pantanos del Orinoco, en el Amazonas, en busca de los antropófagos shamatari. Querían conseguir el documento del siglo, el reportaje que les proporcionara el premio Pulitzer o un Oscar. Sin embargo, tanto los escurridizos yamamomo como los ya mencionados shamatari, evitaban cruzarse con ellos, hasta que los desaprensivos reporteros, a fin de atraer su atención decidieron quemar un poblado de shamataris, así como violar y empalar a una mujer que hallaron en su camino. Querían fingir haber encontrado a la mujer empalada para poder filmarla como si se tratase de un ritual propio de esos pueblos. No obstante, como es de suponer, los shamataris decidieron comerse a los reporteros y las escenas quedaron filmadas en cintas de dieciséis milímetros. Se tuvo conocimiento de todo este increíble caso gracias a un antropólogo que se atrevió a ir en su búsqueda, alarmado por su prolongada desaparición. Fue este hombre quien recuperó las latas de película que se hallaban colgadas de los árboles, tras ser invitado a comer carne humana. Todo el asunto dio bastante que hablar, puesto que al contemplarse las imágenes, muchos se preguntaban ¿quienes eran los salvajes en aquella historia? La reconstrucción de lo ocurrido dio paso a una película titulada Holocausto caníbal (1978), dirigida por Ruggero Deodato. El lema hablaba por sí solo: "Jamás el ojo humano contempló tanto horror".
Mariano Arnal asienta lo siguiente: ?Por supuesto que la antropofagia está en los mismísimos cimientos de muchas mitologías, justamente en la fundación del mundo. Cronos se come a sus hijos (ojo al dato, no a sus enemigos vencidos, sino a sus hijos). Lo mismo hace Saturno (que suponen los romanos que es su primer dios-rey). Otro tanto hace Moloc-Baal y todos los dioses del oriente medio, de los que debían apartarse los israelitas para no dejarse arrastrar por ese culto antropofágico. Si hiciésemos una síntesis bien estructurada de todas las prácticas antropofágicas de la humanidad, tanto las recogidas en mitos y ritos como las obtenidas en vivo de los pueblos primitivos que se han podido estudiar, y las utilizásemos como piezas no desechadas a priori en la reconstrucción de las grandes etapas del hombre, llegaríamos a la conclusión de que la antropofagia marcó un antes y un después, no en algunos pueblos aislados, sino en toda la humanidad.

?Y si analizásemos en clave antropofágica el rito de la Misa y de la Comunión con las doctrinas y prácticas que forman su constelación, ganaríamos unas cuantas cosas: en primer lugar insertaríamos la religión en la antropología, que es donde mejor se entiende desde la racionalidad; que también es bueno que la religión se pueda entender y respetar desde fuera de su ensimismamiento. En segundo lugar convertiríamos en patrimonio común de la humanidad mitos, ritos y doctrinas que se consideran coto exclusivo de la religión. La misma Comunión, sin ir más lejos?.

Los cronistas españoles que describieron la conquista de los principales reinos prehispánicos de América del Sur hacen mención al hecho de que el caudillo araucano Lautaro capturó a Pedro de Valdivia, a quien (para castigarlo por las atrocidades que previamente había hechos a los naturales) sometió a cruel tortura, arrancándole carne de los antebrazos y asándola ante los desorbitados ojos del español, y luego comió de esa carne. Se dice también -y es un hecho no comprobado- que Atahualpa, el último monarca quechua, comió partes del cuerpo de su hermano Huáscar, a quien disputaba el dominio de ese poderoso imperio sudamericano. En realidad, de acuerdo a los cronistas, Atahualpa ingería diversas bebidas en el cráneo de Huáscar. Este hecho no nos debe asombrar, si recordamos que los antiguos habitantes de los países escandinavos solían hacer sus brindis diciendo ¡Skoal!, vocablo proveniente (como señalo en mi obra El libro del vino, publicado en Barcelona, en 1983) del nombre de un recipiente -un cráneo- donde bebieron también sus antepasados. Es de pensarse que esos cráneos alguna vez fueron de personas a quienes se comieron ritualmente.
De Atila (406-453), el rey de los Hunos, quien se proclamaba el ?Azote de Dios?, igualmente se comenta sus aficiones canibalescas, ya que hay testimonios (para algunos se trata de la ?leyenda negra?, que trata de denigrar a quien fue un gran guerrero) de que se comió el corazón de su hermano Bleda.

Dos célebres exploradores, el portugués Fernando de Magallanes y el inglés James Cook, fueron comidos por los aborígenes que los capturaron. El primero cayó en manos de los indígenas de Mactan, en las proximidades de las Islas Filipinas, en 1521, y luego sirvió de alimento a los miembros de esa tribu. Lo mismo aconteció con el segundo, en 1779, al caer en poder de los indígenas de Hawai. Casi un siglo más tarde, a finales del siglo XIX, la reina Lilioukalani, la última soberana de ese grupo insular, visitó Inglaterra y se asegura que expresó ?llevo sangre inglesa, porque un ancestro mío tomó parte en el festín con el cuerpo de James Cook?.

En la historia contemporánea del continente africano figuran dos seres, despreciables en grado superlativo, por haber sido notorios criminales: Uno de ellos, Idi Amin Dada (a quien se le calificaba como el ?Carnicero de Uganda?), se hacía llamar ?Su Excelencia Presidente Vitalicio. Dr. Idi Amin Dada, Mariscal de Campo y Señor de todas las bestias de la Tierra y de los peces del Mar. Conquistador del Imperio Británico en África en general, y de Uganda en Particular?. Este risible tratamiento honorífico que se otorgó a sí mismo resultaría pintoresco, si no fuera porque resultó un abyecto personaje de la política en su país, un feroz criminal que ordenó la masacre de miles de sus compatriotas, a más de proyectar su vesania a extremos inconcebibles, como hacer gala, públicamente, de su inclinación al canibalismo.

El otro, Jean Bedel Bokassa, Emperador de África Central en la década de los años ochentas del siglo pasado (quien imitó en su coronación el boato y esplendor de aquella ceremonia de Napoleón Bonaparte), tenía especial predilección por comer seres humanos, especialmente niños, cuyos cuerpos solía almacenar en frigoríficos especiales.



A principios de noviembre de 1992 la Editorial Plon, de Paris, publicó el libro ¡Canníbales! (título original, en lengua francesa), de los escritores Pierre Antoine Bernheim y Guy Stavrides, que es ?un verdadero recetario para cocinar carne humana. En ese obra se menciona que Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra, mostraba especial predilección por degustar un platillo a base de pechos de mujer sarracena, ?bien dorados por fuera y tiernos por dentro?. En ese tratado de cocina antropofágica refieren sus autores que ?entre las partes del cuerpo humano más apreciadas figuran los sesos, la médula espinal y la lengua. Pero la sublima golosina, según los entendidos, es el hígado, órgano cargado de significados simbólicos y misteriosos, que ha sido el guiso más valorado en América del Norte y del Sur y en China, donde lo comían corrientemente hasta el año 1400?.

En el documentado libro Bueno para comer, escrito por el antropólogo estadounidense Marvin Harris, hay un capítulo dedicado a la antropofagia, en el cual el autor consigna que el enigma del canibalismo tiene que ver con el consumo de carne humana, sancionado socialmente cuando se dispone de otros alimentos. No voy a explicar la práctica de la antropofagia -escribe Harris- cuando el único alimento disponible es la carne humana. Tal clase de antropofagia se produce de vez en cuando en todas partes.

Independientemente de que los devoradores y los devorados procedan de sociedades que la aprueban o la reprueban. No hay ningún enigma en cuanto al por qué de dicha práctica. Los marineros que navegan a la deriva en botes salvavidas, los viajeros bloqueados por la nieve en zonas de montaña, y la gente atrapada en ciudades sitiadas deben devorar, en ocasiones, los cadáveres de sus compañeros o morir de inanición. Nuestro enigma no se refiere a tales emergencias, sino al hecho de que las personas se coman unas a otras, teniendo acceso a recursos alimentarios alternativos?.

El mismo antropólogo (un apasionado investigador de las costumbres alimenticias de infinidad de sociedades antiguas y modernas) escribió el libro Caníbales y reyes, que incluye un capítulo titulado ?El Reino Caníbal?. Allí se ocupa de las costumbres de los pueblos precolombinos de América, especialmente de los aztecas, quienes realizaban sacrificios humanos para ofrecer la sangre a sus deidades tutelares. Una vez cumplido con ese rito ceremonial fragmentaban los cuerpos inmolados a sus dioses y comían de él.

Maite Pelayo escribió (el 9 de marzo de 2007, en un texto que lleva por título ?Caníbales de ayer, caníbales de hoy?, aparecido en el portal web www.consumaseguridad.com) lo siguiente: ?Los primeros europeos practicaban el canibalismo de forma habitual y no diferenciaban la carne animal de la humana como fuente de proteína. Cuando pensamos en prácticas caníbales nos imaginamos escenas de tribus primitivas situadas en continentes exóticos muy alejados. Sin embargo, los estudios demuestran que nuestros antepasados geográficamente más cercanos y de los cuales procedemos, los primeros europeos occidentales, practicaban el canibalismo de manera habitual. Esto no sucedió ni hace un siglo ni dos, sino hace unos 800.000 años. Casi un millón de años son los que nos separan, pues, de estos primeros pobladores que habitaron la burgalesa Sierra de Atapuerca, y que constituyen la más antigua evidencia de canibalismo documentada de la historia de la humanidad... La Sierra de Atapuerca, paraje declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2000, por la gran multitud y antigüedad de restos paleoarqueológicos que contiene, es el escenario donde los primeros europeos que poblaron nuestro viejo continente, el Homo antecessor, recolectaron, cazaron y practicaron el canibalismo. Este probable descendiente de grupos que partieron de África hace más de dos millones de años, se asentó en el entorno privilegiado de la Serranía de Atapuerca por la gran cantidad de refugios naturales que posee, como simas y galerías, además de por la enorme disponibilidad de alimento, ya que era lugar de paso migratorio obligado de grandes manadas de mamíferos. Si sumamos estos hechos a las características geológicas y climáticas de la zona, que favorecieron la conservación de los restos, convierten Atapuerca en un yacimiento único en el mundo que permite a los expertos interpretar la forma de vida de estos antecesores.

?Para los investigadores, las evidencias que apuntan a la práctica del canibalismo entre estos homínidos se encuentran en el llamado Estrato Aurora del Yacimiento Dolina. Entre los restos de raíces, frutos y semillas que indican el carácter vegetariano de su dieta, se encuentran pruebas que demuestran que también incluían carne en su alimentación. El Homo antecessor era cazador y carroñero, y así lo demuestran las herramientas de piedra y restos de mamíferos, entre los que se encuentran también restos humanos, fundamentalmente niños, con signos de haber sido devorados, localizados en esta capa del yacimiento. Pero lo que más llamó la atención del equipo que lidera el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, fue la gran cantidad de restos humanos mezclados de manera homogénea con los de diversas especies animales junto al yacimiento. Esto hace pensar que no se trataba de hechos aislados de canibalismo sino que los humanos fueron un elemento más de la dieta de nuestros antepasados. Es decir, no se trataba de prácticas rituales o puntuales frente a la falta de alimento, sino de un verdadero canibalismo gastronómico en el que no se diferenciaba la carne animal de la humana como fuente de proteínas?. Hasta aquí la trascripción del interesante texto de Maite Pelayo.
Otro autor que hace referencia al canibalismo que era común, hace milenios, en diversos sitios del continente europeo, es Agustín Remesal. En su obra Un banquete para los dioses consigna que ?en una gruta de Fontbregoua (Provenza) los arqueólogos encontraron, a principios de 1987, huesos humanos con trazas de canibalismo, cuya antigüedad fue calculada en seis mil años. Las pruebas de antropofagia europea conmovieron mucho a los etnólogos, y se reabrió la polémica acerca de los fundamentos de esa práctica cuya imaginería más abundante se contiene en los grabados del siglo XVI de la América recién revelada?.

La información anterior queda ratificada por los comentarios aparecidos en el periódico El Universal, de la ciudad de México, el 13 de agosto de 2007, donde se recoge un cable de la agencia periodística EFE, emitido en la ciudad de Granada, España, que a la letra dice:?El canibalismo era una actividad sistemática y ritual en el México prehispánico, y durante el Neolítico prácticamente en toda Europa, según ha constatado un equipo de antropólogos tras el estudio de las marcas que su práctica dejaba en los huesos humanos.

Así lo explicó el director del Laboratorio de Antropología Física de la Universidad española de Granada, Miguel Botella, quien efectúa esta investigación en colaboración con expertos de la Universidad Autónoma de México y el Instituto de Antropología de México.

?Desde finales del 3000 al 2500 antes de Cristo, el canibalismo era común en toda la cuenca mediterránea europea y en Finlandia, y la carne de los fallecidos se tomaba tras hervirla unas tres o cuatro horas, ?tal vez para asimilar sus características?, dijo Botella. Los huesos estudiados, con marcas de cuchillos y de dientes humanos y procedentes de hombres, mujeres y niños, aparecieron en basureros mezclados con restos de los animales que conformaban su dieta, lo que constata el canibalismo en el Neolítico, especialmente en un periodo del que apenas se han encontrado sepulturas. Sólo en Granada se han encontrado 11 lugares donde esta práctica era ?habitual?, pero también son numerosos en la fachada mediterránea del resto de España y en Europa.

?En cuanto a las culturas mesoamericanas, los más de 20 mil restos óseos estudiados por estos expertos han demostrado que el canibalismo era ?sistemático? en toda América, lo que ?posiblemente indica que lo llevaron los humanos que pasaron el estrecho de Behring cuando ocuparon el continente por primera vez.

?El antropólogo señaló que en el México prehispánico, tras los sacrificios rituales en los que se ofrecían los corazones de la víctima a las deidades, el resto del cuerpo se cocía con maíz y era repartido entre todos los participantes en el acto ?como en la comunión cristiana? o sólo entre determinados sacerdotes.

?En la investigación se han recabado recetas de cocina de carne humana que recogieron los frailes españoles durante su labor evangelizadora tras la Conquista, que señalan que nunca se tomaba asada y que era habitual añadirla al pozole, un guiso típico mexicano en el que hoy se usa carne de cerdo o de pollo. Según el testimonio de uno de estos frailes, la carne humana ?sabía como la del cerdo?, de ahí que, tras ser prohibido su consumo durante la cristianización de los indígenas, fuera sustituida por el puerco.

?La manipulación de los cuerpos humanos para su ingesta ?cortes, desuello, descarnado o cocción, entre otros? dejó marcas en los huesos, analizados por estos expertos, que han permitido determinar ?la metodología utilizada en lo que constituían acontecimientos ritualizados?.

?Botella subrayó que es ?interesantísimo? comprobar que las descripciones de estos rituales por parte de los frailes españoles ?corresponden con las marcas de los huesos estudiados?. El equipo de investigadores, que lleva 10 años en este estudio, trabaja ahora en ?unir las celebraciones de las que hablan los frailes españoles con las evidencias de canibalismo?.

?Otra muestra de que el canibalismo era ?sistemático? es que este antropólogo ha estudiado en la ciudad mexicana de Guadalajara más de dos mil herramientas hechas con huesos humanos, desde punzones a arpones pasando por instrumentos musicales, lo que evidencia ?una industria artesana establecida?. Es decir, el cuerpo humano no sólo sirvió para alimentar a esos pueblos, sino que generó una industria del hueso, que era considerado ?el mejor material para las herramientas?. Hasta aquí esta extensa cita que corrobora el canibalismo en Europa y en Mesoamérica.

Yólotl González Torres es la autora de un libro (El sacrificio humano entre los Mexicas) publicado conjuntamente por el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México y el Fondo de Cultura Económica. Allí asienta esa investigadora lo siguiente: ?En un extremo de las interpretaciones sobre el sacrificio humano de los mexicas tenemos, por un lado, a investigadores como Eulalia Guzmán, quien por un nacionalismo mal entendido niega, sino la práctica del sacrificio humano, sí los excesos a los que llegaron los aztecas. En el otro extremo tenemos a Michael Harner, quien sostiene que las mayoría de los especialistas en la civilización azteca han ?encubierto, consciente o inconscientemente, las pruebas de que la práctica del canibalismo tenía motivos extrarreligiosos entre los aztecas?, acusación que, por otra parte, provocó luego una respuesta irritada de diecisiete especialistas en historia de México, en su mayoría norteamericanos, quienes alegaron que la antropofagia era exclusivamente religiosa... Es decir, se acepta el canibalismo dentro de cierto marco moral, si forma parte de un rito religioso que incluso se pueda comparar a la comunión cristiana. Pero si se trata de un festín gastronómico, el pueblo en cuestión se verá expuesto a los juicios moralizantes de los antropólogos. ¿Por qué se justifica el canibalismo si es parte de un rito religioso y no si es simple gourmandise? Nosotros no creemos que en este caso la causa del sacrificio haya sido el hambre, como alega Harner, sino el gusto por la carne humana?. En otra parte de su documentado volumen, Yólotl González Torres menciona que después de haber tenido lugar el sacrificio ritual ?los cuerpos de los niños y de las jóvenes no eran comidos, sino que se enterraban, a diferencia de los de las otras víctimas? (subrayado por mí).

En el Principado de Asturias, España, (en las proximidades de la población de Vallobal), se localiza la Cueva de Sidrón, en donde se han realizado, en fecha reciente, importantes hallazgos paleoantropológicos, que permiten confirmar el canibalismo que practicaban, hace milenios, los moradores de esos sitios. En la página www.lavozdeasturias.es apareció (el 5 de diciembre de 2006) un reportaje, del cual transcribo cuatro párrafos: ?El estudio sobre el yacimiento de Sidrón, que publica la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense (PNAS), confirma que los neandertales de la cueva asturiana practicaban el canibalismo. Se trata de una cuestión con la que ya se había especulado en anteriores ocasiones. Sin embargo, la investigación del Centro Superior de Investigaciones Científicas, dirigida por Antonio Rosas, ha confirmado este hecho, no sólo por las fracturas en los huesos, sino por evidencias de que fueron machacados con el objetivo de llegar a la médula, para comérsela.

?Este es sólo uno de los puntos que avanza el artículo sobre Sidrón. La investigación de Antonio Rosas también abre nuevas vías sobre el conocimiento de los neandertales, al desvelar que existieron diferentes tipos en la especie, según vivieran al sur o al norte de Europa, con lo que se destaca la influencia del clima en su evolución.

?Además de los resultados acerca de la práctica del canibalismo en Sidrón, la nota del Centro Superior de Investigaciones Científicas señala las pruebas halladas sobre importantes episodios de hambre que padecieron los individuos hallados en la cueva. Gracias al estudio de los dientes encontrados en el yacimiento asturiano, los investigadores han confirmado la presencia de líneas de hipoplasia -crecimiento reducido- una dolencia que se atribuye a la falta de alimentos o a la enfermedad.

?En concreto, las marcas de hipoplasia en los dientes revelan que esos periodos de hambre se daban especialmente en el momento del destete (en torno a los 3 ó 4 años), y en la adolescencia. Es esa marca del hambre prueba de que los neandertales se alimentaron de otros de su especie, a falta de otras presas? Demasiado pronto para decirlo, al menos en opinión de Rosas?.

Norberto Eugenio Petryk es el autor de un interesante artículo, publicado en A fuego lento. En la edición numero 141, correspondiente al 18 de septiembre de 2007, aparece lo siguiente: ?Había escuchado hablar de un plato llamado Caldo Ava, pero fue en una madrugada, al salir de una discoteca en Asunción del Paraguay, cuando una amiga me invitó a desayunar en el mercado. Es costumbre del campesino el desayuno fuerte, más de los trabajadores del mercado que comienzan con sus tareas tan de madrugada en el campo. Allí estábamos degustando este placer de dioses, yo ya iba por el segundo plato, cuando me enteré de la historia de esta comida: ?avá? en guaraní significa ?los hombres?, ?persona?, ?gente?, y había sido que antes y aún durante la llegada de los españoles, los guaraníes ya lo consumían pero con sus enemigos dentro. Fueron los Jesuitas los encargados, cansados de ir a parar dentro de las hoyas, de cambiarles los gustos y la receta.

?Los guaraníes eran antropófagos, al igual que muchos pueblos de cultura amazónica, eran comedores de carne humana, pero esto sólo iba dirigido a los prisioneros de guerra (conquistadores europeos o tribus vecinas), y tenía carácter ritual. A los prisioneros que no se mataba en el acto, se les trataba bien, se les daba mujer y mucha comida para engordarlos... El sacrificio mismo se efectuaba en un acto público, frente a una gran multitud, y uno de los guerreros era designado para ejecutar al prisionero con una macana. Después de muerto se despedazaba el cuerpo y se repartían los trozos. Todo el mundo debía tomar y probar la carne, y dice el padre Lozano, que cuando ella no alcanzaba por ser varios millares los concurrentes, entonces se hacía hervir un buen pedazo y se repartía el caldo; hasta las madres daban un sorbo a sus hijos. El gustar la carne de un enemigo sacrificado daba derecho o imponía la obligación de cambiarse el nombre?.
Acerca del canibalismo recuerdo el cuento escrito por Edgar Allan Poe, titulado El relato de Arthur Gordon Pym, en el cual describe cómo unos náufragos dejaron a la suerte el destino de uno de ellos, quien habría de ser muerto primero y luego engullido por sus famélicos compañeros de desventura, cuando la situación se torno insostenible, ya que estaban en alta mar en una embarcación, y sin alimentos.

Otro autor, Jonathan Swift, describe en su libro Los viajes de Gulliver, los peligros que pasó ese viajero cuando llegó a la tierra de los gigantes, donde sus habitantes trataron de engullírselo.

Otros dos libros hacen referencia al drama ocurrido en la Cordillera de los Andes, a finales de 1972. Uno lleva por título La tragedia de los Andes, escrito por Pier Paul Read, y el otro Supervivientes de los Andes, de Clair Blair Jr. Ambos describen la dantesca circunstancia de un avión caído en ese macizo montañoso de América del Sur. El 13 de octubre de 1972 se estrelló un avión de la Fuerza Aérea de Uruguay, con 50 pasajeros a bordo. En el momento del impacto murieron 22 pasajeros, y a los pocos días perdieron la vida nueve personas más, a causa de un alud. Los sobrevivientes, al enterarse por medio de una emisión radial, que habían sido canceladas las tareas de rescate -y después de prolongadas deliberaciones entre los hambrientos sobrevivientes-, decidieron comer la carne (cruda, sin ninguna preparación) de sus compañeros fallecidos, para salvar sus propias vidas. Diez interminables semanas de agonía permanecieron allí, en esos agrestes parajes andinos, antes de ser rescatados.

Un aspecto a mi parecer en extremo interesante al ocuparme del tema dado por la antropofagia y el canibalismo, es el concerniente a la teofagia. Esta palabra está formada por dos vocablos griegos: teo = dios; y fagos = comer; comer a la divinidad. (Antes de continuar adelante quiero señalar que la palabra Teo, que en griego significa dios, tenía la misma acepción entre los aztecas. La casa del dios era el Teocalli). Al igual que en numerosos grupos étnicos de Asia, África y Europa, en América se ha acostumbrado, a través de las centurias, ingerir diversos alimentos que representan a las deidades tutelares de cada grupo tribal. Los antiguos mexicanos solían comer un alimento elaborado con amaranto (Amaranthus hibridus) que representaba a Tláloc, el dios de la lluvia, como si fuese una comunión ritual que permitiese que la divinidad penetrase al cuerpo del feligrés que lo ingería. Este acto sacramental recibía el nombre de teoquallo, vocablo náhuatl que significa ?comer al dios?.

Sir James George Frazer, en su monumental estudio La rama dorada, precisamente en el capítulo que lleva por título ?La teofagia azteca? consigna que ?la costumbre de comer pan sacramental como cuerpo de un dios era practicada por los aztecas antes del descubrimiento y conquista por los españoles... Los antiguos mexicanos, aún antes de la llegada de los misioneros católicos, estaban plenamente familiarizados con la doctrina de la transubstanciación y actuaban en sus solemnes ritos religiosos fundándose en ella, Creían que por la consagración del pan, hecha por sus sacerdotes, podía convertirse en el verdadero cuerpo de su dios, para que todos los que participaban del pan consagrado entrasen en comunión mística con la deidad, al recibir una parte de su sustancia divina dentro de sí mismos?.

Los primeros misioneros europeos llegados a la entonces Nueva España (quienes aceptaban fervorosamente que durante la comunión, acto en el cual el comulgante recibe del sacerdote la Eucaristía, la Hostia representa el cuerpo de Dios) consideraban un sacrilegio que los indígenas hiciesen uso ritual de los panes sacramentales elaborados con amaranto, y por ello el cultivo de esta planta quedó tajantemente prohibido a los naturales del país recién conquistado.

Quizá sean meras reminiscencias de aquellos tiempos inmemoriales en que el canibalismo era una práctica más o menos común, pero hoy en día no es raro que alguien diga ¡no la trago!, refiriéndose a una persona que le es antipática. Tampoco parece reprobable que un enamorado (a) le diga al objeto de su apasionamiento ¡te voy a comer a besos!

Entre todos los integrantes del arte pictórico nacional del siglo veinte únicamente uno, Diego Rivera (considerado, en forma unánime, uno de ?los tres grandes de la pintura mural mexicana?), hizo público alarde -yo me inclino a pensar que haya sido resultado de su irrefrenable fantasía y desbordada personalidad, tan proclive a llamar la atención del público- de su afición a comer carne humana. Su biógrafo Alfredo Cardona Peña consigna en el libro El monstruo en su laberinto ?yo lo oí decir a un grupo de estudiantes del Estado de Puebla ?que la carne humana tiene un sabor ligeramente dulce, superior a la de cualquier animal comestible?. Y agrega el escritor: ?los estudiantes lo escuchaban espantados, y él reía por dentro?.

En este ensayo, cuyo tema central está dado por el canibalismo, como rito pagano o como resultado de hambre extrema, dejó intencionalmente de lado la referencia a la antropofagia criminal (que no es acto ceremonial ni tampoco una angustiante situación de hambre), caracterizada por el consumo de seres humanos a cargo de entes patológicos, quienes, afectados en sus facultades mentales, ingieren la carne (principalmente el cerebro, el corazón y los órganos sexuales) de las personas a quienes previamente han dado muerte. Esta práctica ha sido repetitiva, especialmente en la última década del siglo pasado, y todavía, a principios del mes de septiembre de 2007, en Alemania, se registró un caso similar de canibalismo, de un desquiciado que se alimentó con el cuerpo de un ser humano al que había asesinado.

Para concluir con este ensayo acerca del canibalismo haré mención a diversos alimentos cuyos nombres evocan, de cierta manera, las prácticas antropofágicas que por tantos milenios han tenido vigencia en el planeta Tierra. En la cocina de México figura un platillo cuyo nombre es ?Niño envuelto?. Otro es llamado ?Brazo de gitano?. Y qué decir del arte de la panadería en nuestro país. Los nombres de esos melindres son claramente descriptivos de una especie de canibalismo, ya que allí aparecen los siguientes: ?Ojos de Pancha?, ?Orejas?, ?Huesitos?, ?Besos?, ?Magdalenas?, ?Gendarmes? y ?Lolas?. No olvido el ?Pan de Muertos?, propios de las festividades tradicionales de los días 1 y 2 de noviembre. Y tampoco omito las gustadas ?Calaveritas de azúcar?, las cuales incluso llevan en la frente un pequeño papel con el nombre de alguno de nuestros seres queridos.

En la ciudad de Azuay, en Ecuador, hay un alimento llamado ?Dedos de dama?, y otro más que recibe el nombre de ?Rodillas de Cristo?.

En Italia hay un tipo de pasta llamado ?Capellini d?angelo? (?cabellitos de ángel?), y en la ciudad de Nápoles nació un postre cuyo nombre es ?Ossi di zucchero? (?huesos de azúcar?), en forma de una tibia -uno de los dos huesos de la pierna-, muy apreciados en el arte de la repostería de aquel país mediterráneo.

La mesa montada para los comensales

En fecha reciente tuvo lugar la duodécima comida de la serie Tertulias Gastronómicas (del Grupo Enológico Mexicano), en el Colegio Superior de Gastronomía, plantel Lomas Verdes. En esta ocasión Gabriel Iguiniz, chef ejecutivo de esta prestigiada institución académica, comisionó al Chef Saúl Aguilar para que ?dejando volar su imaginación y su experiencia al frente de las marmitas y cacerolas- confeccionase un menú acorde al tema central de esta hedonística presentación gastronómica.

Los veinte comensales degustaron, inicialmente, el vino blanco Chardonnay, cosecha 2006, de Bodegas de Santo Tomás, renombrada empresa vitivinícola ubicada en varios valles aledaños a la ciudad de Ensenada, en Baja California (México). Carlos Tapia, de esa bodega mexicana hizo referencia a los más remotos orígenes de la Misión de Santo Tomas de Aquino, fundada en 1791 al sur de la ciudad de Ensenada, donde los monjes dominicos cultivaban uvas y elaboraban vino. Posteriormente, en 1888, Francisco Andonegui y Miguel Ormart reconstruyeron la antigua vinatería y le dieron a esa naciente negociación el nombre de Bodegas de Santo Tomás. Hoy en día, en el año 2007, la compañía Bodegas de Santo Tomás tiene una antigüedad de ciento diecinueve años. Los viñedos de esta empresa vitivinícola mexicana están ubicados en tres feraces valles: el de San Antonio de las Minas, al norte de Ensenada, y los de Santo Tomás y San Vicente, ambos al sur de dicha ciudad.

Desde 1992 los vinos elaborados en esta compañía vitivinícola han sido galardonados con numerosas preseas, en concursos nacionales e internacionales. Entre los certámenes foráneos más prestigiados figuran el Concurso Mundial de Bruselas, el Wine Challenge, de Londres, y el de San Francisco, donde los vinos de esta marca han sido premiados por su gran calidad. En la edición más reciente -la décimo segunda- del llamado ?Concurs Mondiale de Bruxelles, celebrado en la ciudad belga de Ostende en los últimos días de marzo y los primeros de abril de 2005, cinco vinos de Bodegas de Santo Tomas fueron premiados con medallas de oro y plata. Los vinos ?Único?, cosecha 2001, y Cabernet Sauvignon, cosecha 2002, recibieron sendas medallas áureas. Los vinos ?Barbera?, cosecha 2002, Syrah, cosecha 2001, y ?Chardonnay?, cosecha 2003, recibieron sendas medallas argénticas.

En una información oficial de Bodegas de Santo Tomás leo lo siguiente: ?A lo largo de todo el 2006, nuestra enóloga Laura Zamora, se empeñó en seguir su línea de calidad y compromiso en la creación de sus caldos para beneplácito de los consumidores. Manteniendo la mejor relación precio/calidad, nuestros vinos han seguido con su tradición triunfadora de más de una década, y el año 2006 ha sido benévolo y muy productivo. En el Concurso Mundial de Bruselas los vinos Único, Sirocco, Merlot y Cabernet Sauvignon obtuvieron sendas Medallas de Plata. En el Concurso Internacional de San Francisco, California, el vino Barbera fue distinguido con Medalla de Bronce. En el Concurso Ensenada: Tierra de Vinos, los vinos Sirocco y Santo Tomas Rosado Grenache fueron galardonados con sendas Medallas de Oro?.

A continuación dio comienzo la opípara comida, armonizada con los vinos Chardonnay, cosecha 2006, de Bodegas de Santo Tomas, y Barbera, cosecha 2003. El chef Saúl Aguilar hizo gala de creatividad culinaria al cocinar varios platillos de sorprendente presentación a la vista, y de exquisita textura y sabor al paladar. Inicialmente fue servida (cabe hacer mención especial del esmerado cuidado que la brigada de servicio del restaurante ?Monte Cervino?, del Colegio Superior de Gastronomía, plantel Lomas Verdes, donde se llevó a cabo esta singular manducatoria) una entrada fría, cuyo nombre en la carta impresa señalaba ?Mirada Azteca?. Consistió en Mousse de queso ranchero con callo de hacha y huitlacoche a los tres chiles, con crouton de mantequilla y ajo, aderezo de mayonesa con chipotle, aceite de cilantro y fritura de huauzontle y spaghetti.

Los vinos degustados

A continuación vino la entrada caliente: Pitzotl al Pipían, un chamorro de cerdo con láminas de lengua de res con salsa de pipián, guarnición de guacamole, frijoles refritos, esfera de flor de calabaza, julianas de tortilla frita y frito de flor de calabaza.

Enseguida saboreamos, como platillo principal, Cicuilli de Tlaloc: una costilla de venado con costra de amaranto rellena de chilorio, con chorizo y hoja santa, marinado con hierbas, guarnición de crouton de papa, chile verde, pepita, cilantro y salsa de chile pasilla con café, frito de hoja de aguacate y láminas de camote frito.

El postre, llamado por su creador Camino de Acolchimalli, fue un flan de queso perfumado con tequila, relleno de gelée de fresa. Guarnición de espuma de jamaica con reducción de vinagre balsámico y aceite de menta.

Me parece conveniente enfatizar no sólo la exquisitez y suculencia de los manjares, sino también la elegante presentación de cada uno de estos guisos, dignos de figurar en un recetario fotográfico por el cuidado que los cocineros ?encabezados por Saúl Aguilar? mostraron ese día, para cautivar el paladar de los golosos comensales allí presentes. Y otro pormenor más, digno de encomio, fue el hecho de que para bautizar los manjares de manera tan sugerente, acudieron al Diccionario Náhuatl-español en línea (www.aulex.ohui.net/nah-es) lo que les permitió conocer los vocablos aztecas, y su significado, de los apetitosos guisos preparados en esa ocasión.

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guzmanperedo@hotmail.com



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Miguel Guzman Peredo




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