La medida de un abrazo


26-01-2000    |   


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Querida Annie Domenech, tu carta acerca del joven estudiante de cocina que ha perdido el brazo a causa de su enfermedad me llega en un momento de mi vida en el que (no creo demasiado en las casualidades), me estaba llamando la atención la idea del cuerpo como acompañante a lo largo de nuestro paseo por este mundo.
Quizás estos pensamientos míos me estaban llegando porque, precisamente en estos dos últimos años, he podido iniciar y llevar a cabo algunos proyectos (entre ellos ?pero no sólo-, esta revista digital) que desde hacía mucho tiempo daban vueltas en mi cabeza. El comprender que los proyectos maduran cuando todo lo que somos (por dentro y por fuera) está a punto para poder desarrollarlos, me llevó a detenerme en varios momentos de estos últimos meses, en pensar acerca de lo que nuestro cuerpo significa para nuestro desarrollo como personas.
Para todos, tengamos la profesión que tengamos, nos resulta inconcebible la idea de no contar al 100% con toda la riqueza de nuestro cuerpo, porque éste es el puente que permite traducir al mundo, a nuestros cercanos, nuestra creatividad. Dentro de esa idea general, también es cierto que cada profesión necesita más de unas partes de ese cuerpo que otras. Y lo que es obvio, es que un cocinero que quiera ser eso, cocinero, y no ninguna otra profesión, deberá contar con sus dos brazos.
Pero no voy a hablar de esa necesidad por el hecho de que sea un cocinero, sino por el simple motivo de que es una persona a la que la enfermedad le ha privado de un espacio de piel, músculos y huesos tan importante para la comunicación con los demás como lo es el brazo. Sí, he dicho comunicación, porque cualquier expresión creativa no es más que un esfuerzo de traducir pensamientos en cultura, y la cocina es tan parte de nuestra cultura como lo es la pintura, la música o el cine. Hablo de la cultura sentida, la compartida y la de la memoria del sabor, que no es poco.
Cuando creo una receta, cuando las pienso y las imagino, inmediatamente, tengo la necesidad de transformarla en algo tangible, manejar entre las manos las materias primas troceando las carnes, los pescados, palpar una nueva hortaliza para, sin haberla probado antes, entender qué nuevas texturas aportará a la receta, a veces, la necesidad es la de sacar del horno la fuente que está pidiendo a grados centígrados ser sacada de su sofoco, otras, se trata de algo tan sencillo como desplazar la marmita de veinte kilos en la que el fondo de carne humea...sencillo todo si se cuenta con dos brazos con los que manejarse y manejar la vida que uno elige vivir.
Necesito tocar el pescado que entra, porque el olfato muchas veces no habla de si esa merluza ha sido pescada con anzuelo o más bien ha sufrido el peso de otras merluzas que han destrozado sus fibras, evitando así que llegue un puré de harina de merluza a una mesa. Necesito tocar el lomo de buey que llega porque la vista no me da la cantidad de días que ha estado madurando.
Necesito, como jefe de cocina, no sólo organizar entradas y salidas de platos o la correcta elaboración de las recetas...Necesito hacerlas yo mismo....eso, si eres jefe de cocina, pero si estás en una edad en la que, por bueno que seas, estás como ayudante o jefe de partida, por supuesto, te necesitarán con los dos brazos (sean como sean esos brazos).
Pero sobre todo, lo que necesito como persona, es pensar que, teniendo hoy en día los medios sanitarios necesarios como para que alguien pueda contar con sus (porque en cuanto aprenda a desenvolverse con él, será tan suyo como el que perdió) dos brazos a pesar de haber perdido un original en esta preciosa lucha que es la vida, necesito pues pensar y creer que esa persona no tendrá ningún obstáculo, económico o de cualquier otra clase, para recibirlo.
A menudo, necesito experimentar la medida exacta de un abrazo, sean como sean los brazos que me tiendan.
Recibe el mío, mi joven amigo.
Annie, házselo llegar (con otro abrazo para ti)
Koldo Royo

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